UNA NUEVA ETAPA (CCXCVIII)

Fuimos al único café que quedaba, un tugurio que en su día había recibido a algunos pocos parroquianos y que con grandes dificultades se había mantenido, pero que ahora salía a flote por carencia de competencia. Lo regentaba una mujer, la esposa del anterior dueño, fallecido como tantos otros en la guerra, con la ayuda de su hijo, un crío de dieciséis años.

Cuando llegamos había muchas personas congregadas en la barra, bebiendo cerveza, como era habitual. El conflicto, a pesar de llenarles de miseria, no les muy había impedido mantener aquel vicio. No importaba que escasear antes sus recursos, que apenas pudieran llevarse algo de comer a la boca; lo que de verdad importaba era que tuvieran alcohol para evadirse, siquiera por unas horas, y sobrevivir a través de la ebriedad en lo que quedaba de su mundo.

Nos sentamos al fondo, apartados de las miradas y las voces de los demás; aunque, a decir verdad, pocos hablaban. Aunque las cervezas les hicieran más llevadera la mañana, en aquel momento sobraban las palabras. El alcohol sólo les servía para navegar entre sus recuerdos, para morir lentamente en medio del silencio.

Pedimos dos cafés y dos bocadillos. Y ahí, durante aquel almuerzo, Luis me puso al día de todo:

-Selena e Irene han muerto. Tan pronto estalló la guerra se enrolaron; no podían quedarse de brazos cruzados mientras el país se hundía. Ninguna de las dos sabía nada de armas; pero tampoco lo sabía la mayoría de los jóvenes que fueron objeto del reclutamiento forzoso; y el Estado Mayor, que tan necesitado estaba de efectivos, las recibió encantado. En el segundo mes fueron alcanzadas por una bomba.

La frialdad con que lo decía me impresionaba. Eran mis amigas; él también las había conocido y las había tratado durante cinco años; pero ahora se limitaba a constatar su muerte como un dato más, sin darle la menor importancia. Era escalofriante que no le afectara.

Juan tuvo más suerte. Lo detuvieron, y ahora cumple condena en un campo de concentración de provincias. Gabriela está desesperada; no deja de consultar a cientos de abogados y de enviar cartas al káiser para conseguir el indulto.

-¡Vaya! Dentro de lo que cabe me alegro. Al final resulta que era una buena mujer; se preocupa por él e intenta ayudarle.

-Sí. Todas las semanas va a visitarle a la cárcel; a veces, varios días seguidos.

Javi fue el mejor parado. Fue una suerte que se encontrara en Bruselas cuando estalló la guerra; ello le permitió eludir el reclutamiento. Ahora, como comprenderás, trabajo no le falta; hay miles, millones de acusados que les defienda y los saque de la cárcel,como es el caso de Juan.

-Sí. Todos los cabrones tienen suerte.

Primero deja a Raquel y ahora es un tipo de éxito

-Tampoco es eso.

Comprendo que lo veas así; Raquel es tu amiga y lo pasó mal. Pero también has de entender que era una gran oportunidad para Javi; y Raquel, una joven inteligente y hermosa, pronto conocerá a alguien. Por cierto, si quieres verla, la encontrarás en su apartamento; vivía en un barrio demasiado humilde para que lo tocaran.

Mis amistades habían corrido diversa suerte. Las noticias no eran en ningún caso agradables, como era de suponer; y, con todo, aún había de hablarme sobre Gabi y mi hermana.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad,

13/01/2019.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s