UNA NUEVA ETAPA (CCCIII)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXII)

-¿Acaso crees que me afectan tus palabras? Esa treta no te servirá conmigo. No vas a ponerme a tu nivel; no soy una asesina despiadada y una carnicera como lo has sido tú. durante tu dilatada existencia. Yo me limito a segar la vida de un parásito; a saldar una deuda pendiente desde haacía ya mucho tiempo, y que ni tan sólo contaba con poder cobrar. Hallarte ha sido completamente fortuito.

-¿De verdad dices que no eres una asesina? ¿Estás segura? ¿Necesitas que te recuerde que aceptaste trabajar para mí? ¿No eras una mercenaria? ¿No matabas a sangre fría? ¿No es eso ser una asesina?

-¡Basta! ¡Tenía que sobrevivir! Tú matas por afán de conquista; porque te regodeas viéndote poderoso y contemplando el dolor ajeno. ¡Yo sólo me he limitado a cumplir órdenes, como todo soldado! ¿Acaso debía dejarme morir de hambre? Te repito que no me voy a dejar manipular por tu palabrería. Me dedico a la guerra porque es como me he criado gracias a ti; soy el fruto de tus actos; el resultado de tu horrible crimen.

-¿Ves cómo no nos diferenciamos tanto? Por mal que te pese, aunque me mates, serás como yo; esa victoria no me la puedes quitar.

Por otra parte, dices que tú matas por necesidad; que estabas a mis órdenes. Y ahora dime, niña: ¿qué hay, más allá de una mera diferencia de grado? ¿En qué momento matar pasa de ser una necesidad a convertirse en un acto frívolo, caprichoso y cruel? ¿Que los yemenis nos ensañemos con los demás pueblos es algo malo en sí? ¿Por qué? Quizá lo que tú y otros veis como un algo monstruoso, para nosotros sea necesario? ¿Que precisemos la destrucción y el miedo para hacernos respetar, para gozar un poco de una vida que de por sí no tiene sentido?

Y dices que tú sólo eres una soldado. ¿No es una manera muy burda de eximirte de la responsabilidad de tus actos? ¿De verdad matas para vivir? ¿En qué momento podrías dejar de hacerlo? ¿Realmente crees que somos tan distintos?

La joven se sentía cada vez más crispada. Tenía la situación controlada; el anciano, derrotado, sólo aguardaba el golpe certero; que la espada de la guerrera le atravesara el pecho. Y, sin embargo, ésta no se decidía a poner el broche final a su hazaña; se sentía enojada, furiosa, pero a un tiempo paralizada. Las palabras de Albus, su actitud arrogante e insultante, a pesar de que ya no le quedaba más que un soplo de vida, la desconcertaba. Sentía que su victoria se teñiría con el amargo sabor de una derrota; que el viejo, inevitablemente, con sus argumentos, que ella había calificado de demagogia barata, se imponía. Y era por eso, por no poder hacerle frente, por no querer estar a su altura; por negarse a aceptar que el ser que le había arruinado la vida y ella eran similares, que aún no se decidía. Los demás aguardaban expectantes, ansiosos de que aquello acabara, pero sin osar intervenir, casi conteniendo la respiración.

Nadie se percató, azotados por la fiebre de aquel duelo, del transcurso del tiempo. Los primeros claros de luz se abrieron en aquel pálido amanecer; el sol despertaba a sus espaldas de su letargo. El anciano volvió a dirigir la mirada concentrada al cielo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

23-01-2019.

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