UNA NUEVA ETAPA (CCCIV)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXIII)

Con la mirada siempre atenta, la joven se percató del peligroso detalle cuando el sagaz viejo trató de aprovechar aquella última oportunidad. Hábil y perspicaz, la había entretenido con aquel interminable hilo dialéctico que le impedía  maniobrar y que como un canto de sirena la hipnotizaba, mientras pacientemente esperaba su ocasión. Ela, no obstante, consciente de la perfidia del anciano, y alertada por el odio acumulado durante tantos años, cortó de manera implacable sus esperanzas; y, tan pronto como se volteó para dirigir la mirada hacia Oriente, blandió la espada con ambas manos y le asestó un duro golpe en la cabeza. Albus, alcanzado de muerte, lanzó en el póstumo instante un desgarrador grito de dolor; la sangre manó rauda de la herida y el alma huyó de su cuerpo.

Pasados apenas unos segundos, mientras el cadáver del tirano ajusticiado yacía rodeado por los circunstantes, la tensión se calmaba en los robustos brazos de Ariadna. El asesinato de sus padres; incluso esa manera tan despectiva de dirigirse a ella, cuando la llamaba niña, como tratando de denigrarla, tenían efectos que se prolongaban en el tiempo, pero que al menos le habían proporcionado la energía precisa para eliminar al ser que de alguna manera ya la había matado cuando apenas contaba unos pocos años de edad.

Ensimismada en sus pensamientos, en sus nostalgias, no se dio cuenta del paulatino amanecer; un amanecer diferente a cuantos había conocido; pues, tras la muerte del anciano, la luz que había empezado a adueñarse del día se expandió con mayor fuerza. Era la vida del yemeni, que añadió un nuevo y salvaje resplandor a la tierra de Erthos.

-Ya has conseguido lo que querías; ahora espero que sepas corresponder como acordamos -dijo, de repente, el dirigente del pueblo de Erthos, al tiempo que salía de entre la multitud y se dirigía hacia la joven-.

-Sí; yo he conseguido lo que quería; pero también he cumplido mi parte. Os dije que os ayudaría en la guerra contra Astracán; no os dije que fuera a terminarla. Y os he ayudado a matar a su líder. Lo que en adelante ocurra es cosa vuestra. Como podrás observar, mi comportamiento ha sido irreprochable; en ningún momento os he traicionado. No tenéis derecho a exigirme más de lo que ya he hecho. Por otra parte, si bien no he intimado con nadie de Astracán, también es cierto que me han tratado con mucho respeto; no sería justo que colaborara en su hundimiento. De hecho, si alguna tierra podría solicitar mis servicios, ésa sería Astracán; con vosotros no tengo ningún lazo más que el meramente comercial.

La luz resplandecía con una fuerza agotadora; el calor doblegaba los músculos de los presentes y secaba el cadáver, infectado de insectos que acudían para aprovechar los últimos despojos de aquella gloria fenecida, que, pasados unos minutos, desapareció, sin siquiera dejar los huesos. La joven, sin mudar su semblante concentrado, se separó del grupo y se dirigió en busca de una de las naves,

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

24-01-2019.

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