UNA NUEVA ETAPA (CCCV)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXIV)

-¡Espera!

De entre la multitud se destacó otro joven. Tenía el traje raído, con algunas manchas de sangre y rasguños en la cara; había viajado junto a ella y había sufrido el aterrizaje forzoso y su traición con brutal impacto. Era el jefe de su equipo; el hombre que había estado al frente de su grupo durante las últimas semanas. Durante la conversación entre Ariadna y Albus, había permanecido en el anonimato, tratando de asimilar la escena; en parte consternado por todo aquello. Ahora, cuando el viejo había muerto y la joven se alejaba, recuperaba la compostura. Se acercó a ella, que se detuvo y le aguardó hasta que lo tuvo frente a frente, distanciados apenas cinco metros de los demás.

-No te vayas, por favor.

-Ya me has oído. No pienso tomar parte en vuestra carnicería.

-Quédate, por favor – insistió el joven -. Has dicho que te sientes agradecida hacia nosotros; nosotros también sentimos ese agradecimiento hacia ti. Nos has ayudado a liberarnos de este dictador. Y, por lo que a mí respecta, te he cogido mucho aprecio durante estos últimos meses. Tal vez seas estricta, pero también eres justa. Serías una gran gobernadora.

-¿No me has oído? Te he dicho que no pienso dirigir vuestra guerra.

-La guerra no tiene el porqué de continuar; se puede firmar un armisticio. Después de más de diez años, Erthos estará dispuesto a aceptar; y, si no lo estuviera, la guerra sería meramente defensiva; estaría justificada. Y, si esto continúa sin convencerte, no tomes el gobierno pero quédate con nosotros.

La multitud escuchaba atenta la nueva conversación. La joven, seria, miraba al que hasta hacía unos pocos minutos había sido su subalterno con condescendencia. Agradecía sus palabras, pero era inamovible en sus resoluciones. Durante años había aprendido a vagar solitaria de un rincón a otro, sin echar raíces en ningún lugar ni encariñarse con nadie, acaso por propia seguridad, para no sufrir por ninguna pérdida; acaso por el dolor que le causara su orfandad y tener que ingeniárselas para sobrevivir desde niña.

-No puedo.

-¡¿Por qué!? Aquí hay gente que te aprecia; gente con la que puedes empezar una nueva vida.

-No lo creo. Ya es demasiado tarde para eso.

-Nunca es demasiado tarde.

-Para mí sí.

-¿Y qué se supone que vas a hacer? ¿Seguir vagando solitaria como hasta ahora? ¿O acaso pretendes rescatar tu planeta de manos de los yemenis?

-Lo que haga con mi vida es algo que sólo me importa a mí. Es cierto que aún no sé lo que voy a hacer, pero eso no tiene importancia; nunca lo he sabido, en realidad. Pero eso me trae sin cuidado. Desde niña vivo cada día como si no hubiera un mañana. En cuanto a tu oferta de quedarme en Astracán, te lo agradezco; pero no me gusta encadenarme a nada; prefiero vivir libre, como he hecho desde que tenía cinco años. He aprendido a defenderme y a ser dueña de mis emociones.

En el rostro del joven guerrero apareció una lágrima de dolor; sintió frío, a pesar de las tórrida temperaturas.

-Te echaré de menos. Comprendo el porqué de tu decisión, pero quisiera que te quedaras. Me duele tu marcha.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

25/01/2019.

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