ALMA DE NIÑO, KLEIN Y WAGNER Y EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, POR HERMANN HESSE

Me terminé Aurora cuando regresaba de visitar a mi padre; de modo que entonces me quedé sin ningún libro de Nietzsche a mano. Entonces disponía, por fortuna, de algunos volúmenes que me había comprado tres semanas antes en el rastro a un módico precio; entre ellos, un libro que contenía tres cuentos de Hermann Hesse, el comienzo de los cuales presento a continuación.

Estos cuentos son muy reflexivos y existencialistas; nihilistas, incluso; sobre todo el de Klein y Wagner. Lo que me sorprendió de Hesse, sin embargo, fue algo que ya había visto en El lobo estepario, pero que había olvidado; y es un tono místico -tal vez católico- que me desconcertó.

Con todo, Hesse me despertó el entusiasmo que hace años sentí por su literatura, por su estilo, por sus pensamientos…:

 

ALMA DE NIÑO

A veces actuamos, vamos de un sitio a otro, hacemos esto y aquello y todo resulta fácil, ingráido, incluso gratuito. Todo podría ser distinto, naturalmente. En otras ocasiones, sin embargo, nada podría ser diferente de como es, nada gratuito ni fácil; cada uno de nuestros gestos está ya determinado, marcado por el destino.

Los actos de nuestra vida considerados buenoa y sobre los que nos gusta hablar pertenecen a ese primer tipo, al “fácil”; los olvidamos con rapidez. Los otros, de los que raramente hablamos, no los olvidamos nunca, nos pertenecen más y su sombra cubre todos los días de nuestra vida.

La casa paterna, grande y clara, se halla en una calle luminosa. Se entra por uuna puerta alta. Pero, apenas dentro, te apresa el frío, la penumbra, el aire húmedo, pétreo- Nos recibe un sombrío vestíbulo alto y silencioso. El suelo de ladrillos rojos conduce, en ligera pendiente, hacia la escalera situada al fondo, en el claroscuro. Mil veces pasé por la puerta sin prestarle atención, sin fijarme ni en el pasillo, ni en las baldosas, ni en la escalera. De todas formas constituye el paso a otro mundo, a “nuestro” mundo. El vestíbulo huele a piedra, es tenebroso; la escalera conduce de la fría oscuridad a la luz, arriba, a la luminosa felicidad. Pero siempre antes que todo está el vestíbulo y las lúgubres sombras. Algo del padre, algo de su majestad y poder, algo de culpabilidad y castigo. Mil veces lo crucé riendo. Pero en algunas ocasiones, al entrar, inmediatamente sentía sofoco, opresión, miedo; en seguida buscaba la escalera liberadora.

 

KLEIN Y WAGNER

Friedrich Klein se quedó completamente ensimismado en el tren, después de los rápidos acontecimientos y la excitación de la huida y del paso de la frontera; tras un torbellino de tensiones y de incidentes, de emociones y peligros. Estaba todavía profundamente asombrado de que todo hubiera ido bien. El tren corría con extraño ajetreo hacia el Sur -ahora ya no tenía prisa-; arrastraba velozmente a los pocos viajeros por lagos, montes, cascadas y otras maravillas naturales, a través de ensordecedores túneles y sobre puentes que se balanceaban suavemente. Trodo era extraño, bello y algo absurdo, imágenes de libros escolares y de tarjetas postales, paisajes que uno recuerda haber visto alguna vez y que no le interesan. Eso era el extranjero del que ahora él formaba parte; no existía retorno a casa. La cuestión del dinero estaba solucionada, lo tenía allí, lo llevaba consigo, todos los billetes de mil los llevaba guardados en el bolsillo interior.

 

EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR

A media noche, tras el paseo nocturno, Klingsor estaba en el estreecho balcón de piedra de su taller. Ante él se hundía profunda y vertiginosamente el viejo jardín, una aglomeración compacta de copas de árbol, palmeras, cedros, castaños, cíclamos, hayas, eucaliptos, llenos de enredaderas, lianas glicinas. Sobre la negrura de los árboles brillaban pálidamente las grandes hojas metálicas de las magnolias de verano, gigantescas, blancas flores semiabiertas, grandes como la cabera de un hombre, pálidas como la luna y el marfil, con un íntimo perfume de limón que ascendía de forma penetrante. De una imprecisa lejanía llegaba una lánguida música, tal vez una guitarra, tal vez un piano; no podía precisarse. De pronto en el patio gritó un pavo readl, dos, tres veces; desgarró la noche boscosa con el sonido corto, desagradable y seco de su voz atormentada, como si el canto de todos los animales del mundo brotase de forma colosal y estridentte de las profundidades. La luz de las estrellas se derramaba sobre el valle; en lo alto del bosque surgía una ermita abandonada, blanca, encantadora y antigua. Lago, montañas y cielo se fundían a lo lejos.

18/01/2019-25/01/2019.

6 comentarios en “ALMA DE NIÑO, KLEIN Y WAGNER Y EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, POR HERMANN HESSE

  1. Interessants propoestes. No he llegit cap d’aquests contes de Hesse, però si vaig llegir fa molts anys Siddhartha i la recordo com una lectura molt espiritual, ja que barrejava la narració de la història amb meditacions. No recordo molt més, però va ser interessant llegir-la.
    Una abraçada, Javi 🙂

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