UNA NUEVA ETAPA (CCCVI)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXVI)

Llegaron a Astracán después de seis horas de trayecto. Circularon por todo el planeta con un vuelo bajo, solemne, que anunciaba a los habitantes la muerte del líder. La noticia, interiormente bien recibida por todos, debía enmascararse con la mayor hipocresía; había que guardar las formas en cada acto, por más que se le detestara; al fin y al cabo, la sociedad debía seguir estratificada; y, aquéllos que habían gobernado a su sombra, ahora codiciaban el puesto vacante; y el pueblo siempre sería mirado con recelo y desprecio.

Aquel día las prensas de todos los rincones trabajaron a marchas forzadas; se reunió un comité de emergencia y fabricaron una muerte heroica del tan denostado dictador, que había sucumbido víctima de una emboscada, rápidamente maniatado y reducido. Nada se dijo de la delación de la joven; no había motivo para ello; al fin y al cabo, su comportamiento les había beneficiado. Y, además, si sabían lo que verdaderamente había ocurrido, no era sólo que ello iría en detrimento de la gloria del anciano; sino que los cimientos de la misma sociedad quedarían socavados; la fuerza suprema habría sido derrotada desde dentro; y ello podría crear un desagradable precedente.

Las exequias por la muerte del tirano tuvieron lugar una semana más tarde; su cuerpo fue paseado en cortejo fúnebre por la capital; una docena de vehículos circuló por los distintos barrios, equipados con altavoces, a través de los cuales se anunciaba el acto sagrado. Los ayuntamientos presentaron aquel mes las banderas a media hasta y un crespón negro en señal de luto. El cuerpo del anciano fue lavado, embalsamado y depositado en una cripta habilitada en el monte más alto y frondoso, convertida en adelante en lugar de peregrinación y objeto de culto. Miles de ciudadanos la visitarían a diario. Tal era la hipocresía. No importaba cuánto lo aborrecieran, sino que las autoridades les vieran desfilar por el camposanto con semblante compungido y dejar su firma y sus condolencias en el libro de entrada.

En cualquier caso, la vida debía continuar; y, mientras tenían lugar todos estos actos protocolarios, las autoridades se esforzaban por preparar la sucesión. Era un tema sumamente delicado; todos lo sabían. El puesto más alto de mando estaba vacante eran muchos los que lo codiciaban; quien lo obtuviera, gobernaría sobre miles de millones de personas. Pronto se formaron facciones; el riesgo de guerra civil se convirtió en una posibilidad muy factible. Pero, si un conflicto interno era algo grave, más aún lo sería si otras potencias descubrían el vacío de poder. Entonces aprovecharían para meter baza y tratar de adueñarse del planeta; y la situación se tornaría caótica. De entrada, Erthos ya sabía lo sucedido. En un primer momento parecía haber aceptado la paz; pero, ¿y si cambiaba de parecer? ¿Y si simplemente hubiera acordado el armisticio para ganar tiempo y continuar la guerra fuera de su planeta? Los dirigentes de Astracán no obviaban ninguna de estas cuestiones; sabían que se encontraban en un punto crítico. Diez años de guerra habían generado odios, resentimientos. Quizá en medio del deshielo por la muerte del anciano todo fuera calma; pero todos sabían que no podía durar. Y entre ellos nadie estaba dispuesto a ceder; todos debían tomar un bando; enfrentarse entre sí. La guerra civil estaba asegurada.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

30-01-2019.

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