LAS ARGUCIAS DEL IMPERIO (VI)

El control de América Latina se hizo más férreo a partir de la década de los 70, cuando proliferaron las dictaduras en el Cono Sur, más impactantes que las del resto del Continente, por afectar a países de mayor relevancia; no eran ya las pequeñas repúblicas centroamericanas.

Fue el caso de la dictadura de Videla en Argentina, desde 1976; o la dictadura cívico-militar de Uruguay, iniciada en 1973, con la represión y tortura de opositores e intelectuales de izquierdas, como fue el caso de Onetti; y a causa de lo cual muchos otros tuvieron que exiliarse y llegar a Europa como refugiados políticos; especialmente a España, la metrópoli, que entonces vivía los últimos coletazos del franquismo.

Una de las dictaduras más largas fue la de Stroessner, en Paraguay. Este general tomó el poder en los 50, y se prolongó durante treinta años, merced a la crueldad de su régimen, de la cual dejó testimonio en sus novelas Augusto Roa Bastos.

Pero la dictadura más conocida acaso sea la que surgió del golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile en 1973. El socialista Salvador Allende había ganado dos años antes las elecciones, encabezando una coalición de izquierdas, pese a los intentos de la CIA por impedirlo. Su programa de gobierno, contrario a los intereses estadounidenses, pasaba, entre otras cosas, por la nacionalización de las minas de cobre y salitre, dos preciados minerales codiciados y controlados por los gringos, que vieron peligrar sus intereses.

Así las cosas, puesto que había sido inevitable que Allende ganara las elecciones, tocaba pasar al Plan B. La CIA, dirigida por el secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, ordenó el embargo a Chile: el país pronto empezó a sufrir el estrangulamiento económico y los productos de subsistencia escasearon. Al mismo tiempo, Estados Unidos financió el levantamiento de la derecha, los conocidos escuadrones de la muerte, que fueron perpetrando el alzamiento. Todo ello desembocó en el fatídico 11 de septiembre de 1973, cuando la aviación chilena bombardeó y ametralló el Palacio de la Moneda y asesinó al presidente legítimo.

Como resultado de este magnicidio, la sociedad quedó incluso más polarizada de lo que ya estaba antes de que Allende asumiera el poder; y el imperio, por suspuesto, retomó el control de sus minas. Además, como era de esperar, se llevó a cabo una limpieza de los grupos de izquierda, siempre con la mayor saña. Se subía a la gente a aviones, donde se la anestesiaba antes de arrojarla al mar y dejarla morir ahogada, incapaz de nadar para salvarse. Ante los medios de comunicación y el exterior se respondía cínicamente que el gobierno nada sabía; que eran casos de desaparecidos y de ahogados. Y, junto a esto, el dolor de las familias de los muertos, por el factor psicológico tan duro de no saber dónde se encontraban los restos de sus seres queridos para rendirles homenaje.

Entre las víctimas se encontraba el cantante Víctor Jarra, a quien cortaron los dedos y la lengua por sus letras de protesta; e incluso el poeta Pablo Neruda, que había apoyado a Allende en las elecciones.

Pero las dictaduras del Cono Sur no eran necesariamente afines entre sí; lo único que importaba era que sirvieran a los intereses yankis. De hecho, cuando en 1982 Argentina declaró la guerra a Inglaterra para recuperar las Malvinas, Chile mostró su apoyo a la Pérfida Albión contra quien era su histórico rival.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

08-02-2019.

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