LAS ARGUCIAS DEL IMPERIO (VII)

Pero las incursiones del imperio no se limitaron a América Latina. En el contexto de la Guerra Fría, una vez afianzado su poder en el Nuevo Continente, Estados unidos se dedicó a minar los intereses de la otra superpotencia, para lo cual prestó su apoyo a los grupos guerrilleros que resistían frente a las hordas soviéticas; así, impulsaron a Sadam Hussein en Irak; y a Osama Bin Laden y los talibanes en Afganistán. Todos ellos recibieron ayuda armamentística; armas que quedaban ya obsoletas para ellos, pero que podían jugar un buen papel en la labor de desgaste del otro gran gigante.

Alguien podría aducir, como en tantas ocasiones, que en esos casos la actuación de Estados unidos estaba justificada; que se trataba de ayudar a pueblos oprimidos.

Sí, pero no. Ese comportamiento sería lógico, si no fuera porque viene manchado por el modus operandi del imperio en América Latina, donde siempre ha puesto dictadores a su antojo y ha promovido los crímenes más atroces, con el único objetivo de obtener el propio beneficio y ampliar sus colonias. En Asia ocurrió lo mismo: se trataba de hundir a la potencia dominante en la zona, para a continuación implantar ellos su hegemonía y hacerse – entre otras cosas- con el petróleo irakí.

Esto fue lo que motivó la Primera Guerra del Golfo, en los años 90,cuando el antiguo aliado, una vez extinta la URSS, se convirtió a los ojos de los gringos en un tirano, a quien convenía derrocar por razones humanitarias. Los informativos de todo el mundo presentaron la imagen de un ególatra y un déspota; de un ser despreciable; imágenes repetidas sistemáticamente para conseguir la aprobación popular para una nueva masacre. Con todo, se respetó la vida del antiguo aliado, a quien se permitió mantenerse en el poder después de una guerra que desgastó al gobierno gringo, que ya se encontraba con la popularidad por los suelos debido a la fatídica Guerra de Vietnam; una guerra donde, si bien consiguieron una victoria militar, psicológicamente fueron derrotados; pues el coste de vidas yankis fue muy elevado, y las imágenes de los soldados muertos en los ataúdes recorrieron los informativos estadounidenses; y un gran movimiento antibelicista se propagó por el país.

La consecuencia última del desprestigio del ejecutivo fue que Georges Bush perdiera la reelección. Sin embargo, la Guerra del Golfo no había terminado; tan sólo se había dado un descanso. Y algo de resentimiento habría en la familia del expresidente, dolido por su fracaso en las elecciones de 1993; y su hijo, un demente con ansias de lavar la imagen de su padre y de reivindicarse, para alimentar su ego reemprendió el ataque a Irak; un ataque brutal, que no sólo terminó con la vida de Hussein, su aliado contra la antigua URSS, sino que se llevó por delante la vida de – entre otros- el cámara José Couso y el periodista Julio Anguita, ambos españoles. La excusa fue la confusión del primero, cuando grababa con su cámara desde la ventana de su hotel, con un terrorista; mientras que el segundo fue víctima accidental del fuego amigo. La verdad, no obstante, es que el hotel donde se hospedaban José Couso y su compañero, Jon Sistiaga, albergaba sólo periodistas, algo que sabían los gringos, que no querían que salieran a la luz las matanzas que estaban llevando a cabo.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

10/02/2019.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s