LAS ARGUCIAS DEL IMPERIO (X)

Claro, que todo esto sería imposible si los medios de comunicación no fueran un instrumento en manos de los gobernantes; si hubiera una prensa verdaderamente libre, que no viniera coartada por la sofisticada maquinaria de una dictadura encubierta, que modela mentes serviles.

Thomas Jefferson, uno de los padres de la Constitución de Estados Unidos, dijo en 1787: “Si tuviera que decidir si debíamos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un momento en preferir lo último.” Entonces proliferaron los periódicos en el país naciente; hubo una inmensa cantidad de folletines, diarios y demás; y el pueblo se hizo la ilusión de que importaba y se le tenía en cuenta. El problema pronto sería otro, sin embargo: se pasaría de la ignorancia a un exceso, que provocaría saturación, práctica imposibilidad de discernir las noticias ciertas de las falsas. El pueblo tendría que hacer un ejercicio de crítica y de investigación; ejercico que muy pocas veces está dispuesto a hacer, por la sencilla razón de que es vago. En un mundo donde el individuo vive sometido a una constante presión; donde su día a día se centra en largas jornadas de trabajo con jornales de miseria que le obligan a hacer malavarismos para salir adelante, su mente colapsa; no está dispuesta a hacer más esfuerzos; y el sujeto, una vez llegado a esta situación, encuentra como mejor salida entregarse y olvidarse de todo. A menudo prefiere delegar en otras personas, en aquéllos que gobiernan, por más que desconfíe de ellas y las deteste. Ya nada le importa.

Esto es casi siempre inconsciente; el individuo no se percata de su anemia intelectual; está demasiado oprimido para ello. Si tiene un hueco, prefiere emplear su tiempo en el bar, en compañía de amigos y de cervezas que le hacen perderse por unos minutos; se embriaga y viaja mentalmente a un mundo más agradable; ilusiorio, pero que le sirve para soportar la vida. Y, mientrastanto, sus sentidos, su espíritu crítico, se oxidan cada vez más; se atrofian, como consecuencia de desmesuradas dosis de alcohol y de unas costumbres que se le cronifican. Y, si para ello ha de gastar dinero en bebida y posteriormente en médicos, mejor; negocio redondo. Ante la falta de dinero, buscará más medios para ganarse la vida, estará más inquieto y pensará menos. Y, si tiene que tratarse por un problema de riñones, se reactivará la economía; será un enfermo crónico; la gallina de los huevos de oro. Y, si no puede pagarse los medicamentos, no importa. Sencillamente morirá.

También están las drogas blandas, que embotan el conocimiento; las tendencias que se imponen de una manera más o menos subliminal, cuando un actor aparece anunciando un determinado producto, y a los pocos días dicho producto empieza a consumirse de manera compulsiva. Lo que en un principio es un capricho, el individuo acaba percibiéndolo como una necesidad, algo sin lo cual su existencia ya apenas tiene sentido, como ocurre con los portátiles y con los móviles, que viene a ser apéndices de nosotros mismos. A todo ello se une la obsolescencia programada, que hace que los productos dejen de funcionar a los pocos años; y el individuo, desesperado, busca sustituirlos, para lo cual necesita más dinero; para lo cual necesita más trabajo; por lo cual termina más agotado; por lo cual piensa menos.

En medio de este círculo vicioso siempre habrá alguien, por supuesto, que se atreverá a pensar por sí mismo; pero esas personas no importan, por más que intenten despertar al rebaño. Las masas gritarán más fuerte y obedecerán al demagogo; y, si alguien se esfuerza en abrirles los ojos, se asustarán; o lo tomarán por loco, y quizá lo maten, como ilustró Platón en El mito de la caverna, alusión a la condena a muerte que sufrió Sócrates.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

13-02-2019.

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