LA LUZ QUE ME GUÍA

Tanto tiempo transcurrido, tantas lunas en el cielo se han sucedido, tantas palabras nos hemos dicho… Ya son muchos los momentos compartidos, y aún desde la distancia te gozo. Cada mirada, cada suspiro, cada sonido que de tus finos labios brota me hechiza y día a día me enamora.

Contemplo esos grandes y hermosos ojos que con pasión me observan, y al instante ansío encontrarme frente a tan tierna mujer; poder posar mis pupilas en las suyas y poder besar arrebatadoramente esa delicada boca que cada tarde y cada noche me envuelve en la melodía de esa voz dulce y sensual; unir mi lengua a su lengua y devorarnos abrazados, con mi mano recorriendo su ondulado y oscuro cabello, para perderse en los más hondos misterios de su alma sin igual; de esa diosa de las letras; de la preciosa ninfa que guía mi pluma y que con tanto romanticismo me embriaga.

¡Oh, tú, encantadora sirena de lejanas tierras, que sin siquiera conocerte me cautivaste; con tu bondad y tu verbo sincero me salvaste del naufragio cuando creía que en mi existencia no había más que tinieblas! Fuiste tú quien con tu deslumbrante brillo ahuyentaste las sombras y me devolviste el calor; quien volvió a dibujar sonrisas en mi rostro y me hizo despertar la pasión de mis sentidos.

Confieso que al principio me costó creer que fueras real; que me resistía a la idea de que un ser tan perfecto pudiera existir; y a que la casualidad me hubiera deparado la inefable dicha de ser yo el afortunado que codiciara tu favor. Sospechaba que tantas virtudes no podían hallarse reunidas en una misma persona; que, si algo así se daba, sería en una diosa.

Pero la dicha no era perfecta. Entre los dos se interponía una enorme distancia, como cruel burla de un genio maligno después de haber permitido que nos conociéramos, dos mitades de una misma alma. Mas, a pesar de todo, tan intenso sentimiento ha echado fuertes y sólidas raíces en ambos, y la distancia no consigue separarnos; es cada vez más firme nuestro propósito de algún día derribar los diques que en vano intentar contener las bravas corrientes de nuestros deseos.

Los únicos momentos en que mi felicidad se empaña son ésos en que el dolor te acecha; cuando percibo tu angustia y las lágrimas fluyen de tus radiantes ojos, que entonces miran apenados, como si imploraran ayuda. En esos instantes siento que tu dolor me mata. Quisiera estar contigo más que en ninguna otra ocasión y acariciarte, besarte y cuidarte; compartir nuestra alegría y sanarte. Porque tú, un alma tan bella, una diosa tan perfecta, no mereces que los males te aquejen, que el llanto te inunde; porque tú, tesoro mío, ángel de mi vida, te mereces la mayor de las dichas; y, junto a tu hermosa sonrisa, iluminar mis días.

Y, si alguna vez fui yo el culpable de que se enturviara tu mente y descargaran pesadas nubes de tormenta, nunca terminaré de maldecirme por ello. Porque tú, ángel mío, luz que me guías, mi tierna sirena, mi anhelado suspiro, eres la persona más maravillosa que he conocido. Tú, Flora, amor mío, te mereces todos mis besos; esos besos con los que te devoraría la boca.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

14-02-2019.

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