LAS ARGUCIAS DEL IMPERIO (XI)

Ese control ejercido a través de los medios es fundamental; consigue enajenar las mentes del mundo entero. El hecho de que las mayores producciones de cine provengan de Estados Unidos y nos bombardeen a diario no es algo baladí; ahí aparece el tío Sam como el bueno, el simpático; es el salvador de la humanidad, cuyo eje son Nueva York y Wasington. Ahí se preocupan por todos nosotros y los yankis nos muestran su cara más amable; se comprometen por nuestra seguridad y arriesgan su vida de una manera completamente altruista. Pero es que, además, los gringos siempre vencen a toda costa, incluso en las situaciones más apuradas, aunque sean una minoría frente a un ejército fuertemente armado. Ahí están La liga de la justicia o Los vengadores; o El agente 007; o Los doce del patíbulo, que con su exiguo número acabaron con los nazis. Y esto es porque los gringos -según ellos- podrán ser pocos, pero son más inteligentes; y los otros, aunque muchos, son inútiles y no pueden parangonarse con ellos.

Pero no todo han de ser guerras. También hay situaciones de intriga, de suspense, dramas y comedias románticas, que poco a poco nos van conquistando con el folclore yanki. A través de la televisión vemos grandes mansiones donde se nos muestra una vida lujosa, que se nos antoja lujosa; fantaseamos con la posibilidad de vivir en ese paraíso, y llegamos a adorarles por su opulencia, como ocurre con los reyes y los príncipes, a quien a menudo se ha tenido en gran estima precisamente por su riqueza; porque era algo que el pueblo, ignorante, codiciaba; y, si no conseguía escalar a esas posiciones tan elevadas, se conformaba con ver esas joyas a distancia, como si de ese modo le perteneciera en cierta medida.

Y un elemento fundamental es la presencia, en el 90% del cine gringo y en todas sus series, de su bandera. El espectador se acaba acostumbrando; ve ese chauvinismo como algo normal, y se deja absorver sin darse cuenta, porque está demasiado ocupado en gozar de la droga; de ese caballo de Troya que es el cine yanki. Es así cómo el pueblo termina vistiendo camisetas donde está estampada la bandera estadounidense y hace propaganda subliminal del imperio; y es así cómo acaban consumiendo de manera compulsiva un producto tan detestable como es la coca cola, adictiva y nociva, cuya composición exacta es secreta. Todos -salvo raras excepciones- acceden a una bebida que debe hacerles sentirse más importantes; porque, si no lo hacen, no se sienten a gusto consigo mismos. Y lo mismo sucede con la ropa. Todos se convierten en un ejército de borregos, sin personalidad; y, además, lo que consumen alimenta las arcas del gigante.

Y aún hay otro punto de dominio que no puede faltar: el idioma. Cada vez son más las palabras y expresiones de origen inglés que utilizamos; renunciamos paulatinamente a nuestros idiomas autóctonos porque, de lo contrario, no se nos toma en serio; quedamos anticuados y somos poco sofisticados. Ya no se dice ofertas, sino outlets; ya no hay fiambreras, sino tupper wares; no hay campañas de propaganda, sino de marketing; si alguien te dice que eres simpático, quiere decir que eres agradable, pero si te dice que eres cool, significa que eres el puto amo; y, si en vez de ser el puto amo, eres the fucking boss, es porque eres la hostia. Y, por supuesto, el imperio no se llama Estados Unidos, sino América; porque -se sobreentiende- el resto del Continente no importa una mierda.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

15-02-2019.

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