RASTRO DE UN SUEÑO, POR HERMANN HESSE

Rastro de un sueño es el título de uno de los cuentos de Hermann Hesse, y es el que sirve para encabezar esta antología. Es un cuento muy psicológico, como es típico en el autor; pretende reflejar la sociedad de los años 20 del siglo XX, tan cambiante y tan vertiginosa para aquéllos que vivieron durante la I Guerra Mundial y la posguerra.

No he recopilado fragmentos más que del cuento mencionado y del siguiente, Trágico, por la alusión que se hace en éste a Así hablo Zarathustra, debido a su gran cantidad. Sin embargo, quería resaltar -además del gran estilo- que en ellos se hace referencia a la infancia de Hesse. Por tanto, no son sólo cuentos costumbristas, sino con un trasfondo autobiográfico muy interesante.

RASTRO DE UN SUEÑO

Como tantas otras veces a esta hora algo lastimera del mediodía, percibió y consideró su situación extraordinariamente tragicómica, su necia aspiración secreta a una composición poética (cuando en la realidad actual no existía ni podía existir auténtica poesía) y las fatigas infantiles y tontamente inútiles que sufría por su deseo de crear, con ayuda de su amor a la antigua poesía, con ayuda de su gran cultura, de su delicado oído para las palabras de los auténticos poetas, algo que estuviese a la altura de su antigua poesía o se asemejase a la misma hasta el punto de inducir a confusión (cuando sabía perfectamente que es imposible crear nada a base de cultura e imitación).

También sabía a medias y tenía conciencia de que esta ambición sin esperanza y esta ilusión infantil que inspiraba todos sus esfuerzos no constituía en modo alguno una situación particular y personal, sino que cada ser humano, incluso el de apariencia normal, incluso el que aparentemente era afortunado y feliz, abrigaba la misma aridez y el mismo desesperado desengaño; que cada hombre buscaba constante y continuamente algo imposible; que incluso el menos atractivo acariciaba el ideal de Adonis, el más tonto el ideal del sabio, el más pobre la ilusión de Creso. Sí, incluso sabía a medias que ese tan venerado ideal de la “auténtica poesía” no significaba nada, que Goethe consideraba a Homero o a Shakespeare como algo inalcanzable con el mismo desánimo con que un literato actual podría contemplar a Goethe, y que el concepto de “poeta” no era más que una abstracción vacía; que también Homero y Shakespearse habían sido sólo literatos, espexcialistas dotados, que lograron prestar a sus obras esa apariencia de lo suprapersonal y eterno. Sabía todo esto a medias, como suelen saber estas cosas evidentes y terriblesd las personas inteligentes y habituadas a pensar. Sabía o intuía que también una parte de sus propias tentativas de escritor causarían a lectores de épocas posteriores la impresión de “auténtica poesía”, que tal vez literatos posteriores pensarían con nostalgia en él y su época como si de una edad de oro se tratase, en la que aún hubieran existido verdaderos poetas, verdaderos sentimientos, hombres verdaderos, una verdadera naturaleza y un verdadero espíritu. Como él bien sabía, ya el apacible provinciano de época feudal y el gordo burgués de una pequeña ciudad medieval habían comparado con idéntica actitud crítica y sentimental su propia época refinada y corrupta con un ayer inocente, ingenuo, espiritual, y habían considerado a sus antepasados y su modo de vida con la misma mezcla de envidia y compasión con que el hombre actual tendía a considerar la bienaventurada época anterior al invento de la máquina de vapor.

Al literato le eran familiares todos estos pensamientos, conocidas todas estas verdades. Lo sabía: el mismo juego, el mismo anhelo ávido, noble, sin esperanza, de algo auténtico, eterno, valioso en sí mismo, que le impulsaba a llenar hojas de papel escrito, empujaba también a todos los demás, al general, al ministro, a la elegante dama, al aprendiz de tendero. Todos los hombres, iluminados por secretas ilusiones, cegados por ideas preconcebidas, seducidos por ideales, anhelaban de algún modo, muy inteligente o muy tono, poco importaba, salir de sí mismos y de los límites de lo posible. No había teniente que no llevase consigo la imagen de Napoleón… ni Napoleón que no se sintiera en su época como un imitador, no considerara sus hazañas medallas de juguete, sus objetivos ilusiones. Nadie había quedado fuera de ese baile. Nadie había dejado tampoco de experimentar en algún momento, a través de alguna hendidura, la certeza de ese engaño.

TRÁGICO

-Señor jefe de redacción, sé que en su primera juventud leyó obras de Nietzsche. Pero yo también las he leído. Una noche, cuando tenía dieciséis años, estaba leyendo el Zarathustra en mi querida buhardilla de estudiante y llegué a las páginas que contienen el canto de la noche. Jamás, en los casi sesenta años que han pasado, he olvidado esa hora en que leí por primera vez las palabras: “Es de noche, y ahora hablan más alto todas las fuentes saltarinas.” Pues en ese momento adquirió sentido mi vida; entonces comencé a prestar el servicio que me sigue ocupando; en ese momento, como la luz del relámpago, me impresionó la maravilla del lenguaje, la inexpresable magia de la palabra; deslumbrado, contemplé un ojo inmortal, palpé una presencia divina y me entregué a ella, la acepté como destino, amor,, fortuna y fatalidad.

 

12-02-2019/15-02-2019.

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