UNA NUEVA ETAPA (CCCXII)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXXI)

-Por favor, señor, no es necesario que utilicéis ese tono conmigo. La simple duda que formuláis acerca de nuestra honradez y de nuestras buenas intenciones ofende – respondió el otro, al tiempo que se reponía del golpe y trataba de rehacer su falsa sonrisa.

Como habéis mencionado, ambas potencias hemos acabado de cerrar un conflicto que ya había durado muchos años; y, por nuestra parte, no queremos más que la armonía con nuestros vecinos de Astracán.

-Comprendo – replicó, condescendiente, el otro-. Pero ya sabéis. Uno lleva mucho tiempo dedicándose a los negocios diplomáticos; tres cuartas partes de mi vida los he pasado en puestos de responsabilidad. Es inevitable que de vez en cuando escape de mi boca una palabra más elevada de lo que debiera; es la costumbre por afrontar situaciones más tensas y menos agradables que ésta.

La conversación, circunscrita a los dos portavoces, se había alargado sin que éstos apenas se percataran; las dos escuadras los rodeaban con respetuoso silencio, mientras el aire se enfriaba y el cielo se teñía de púrpura. En aquel desierto, plataforma de tan inusual encuentro, al resguardo de las miradas de los comunes, la noche se aproximaba con imparables pasos. Entonces una joven de unos veinte años se destacó de entre la flota de Astracán y se dirigió hacia su jefe.

-Permiso, señor. Se hace tarde; deberíamos apresurar el regreso.

La muchacha, con el cabello a la altura de los hombros, ostentaba un porte marcial; se presentó con los brazos pegados al cuerpo y el pecho erguido. Sus ojos azules miraban al infinito, hacia el firmamento que se desangraba. Era una mirada concentrada, propia de una naturaleza inteligente, pero que se perdía en la nada.

-Gracias, Katiochka.

¿Os importaría …? Nos espera un duro trayecto.

-¡Oh, sí! Disculpad. Estamos poco acostumbrados a que vuestras visitas sean corteses; y, ahora que tenemos la oportunidad, queremos gozar por largo rato de vuestra compañía; pero en nuestro egoísmo olvidamos el problema es la terrible distancia. Perdonad. Os ruego que me sigáis; os conduciré hasta la nave.

El joven dirigente de Erthos anduvo junto al veterano aproximadamente un kilómetro; les acompañaron veinte hombres de Astracán, que integrarían el nuevo cuerpo.

-Funciona perfectamente. Lo comprobaréis de inmediato; tendréis un viaje muy apacible. Hemos revisado todos los motores; y tenéis lleno el depósito. Es nuestra señal de concordia.

-En verdad habéis hecho un buen trabajo. Aún antes de partir, veo que está en condiciones óptimas. No sé cómo agradecéroslo.

-¡Oh! Estoy seguro de que en el futuro sabréis correspondernos de alguna manera.

Pero bueno… No quiero dilatar más vuestro viaje. Vos mismo me habéis advertido de la urgencia de partir.

El anciano estrechó su fina mano en la del robusto joven y subió a la nave junto a su tripulación. Mantuvieron un vuelo lento y bajo, mientras advertían al resto para que emprendieran la salida.

Ya reunida toda la escuadra bajo un cielo opaco, abandonaron Erthos.

-¿Qué opináis, señor? ¿Nos atacarán?

-Es difícil de saber, Katiochka. Es un joven hábil y ambicioso. Sus últimas palabras ha sido muy enigmáticas; parece que espere algo de nosotros.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

03/03/20190

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