UNA NUEVA ETAPA (CCCXV)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXXIV)

-¿¡Qué coño ha sido eso?!

-¡Olvida lo que te he dicho! ¡Alguien se nos ha adelantado! ¡Tienes que marcharte de aquí!

-¿No vienes conmigo?

-¿Estás loco? Alguien nos ha atacado. No es momento de que nos vean juntos. ¿Qué hacemos reunidos? Nos fusilarían. Pero ahora estarán llamando a armas; tendrás que presentarte cuanto antes, o te tendrán por traidor.

-¿Pero qué hay de ti?

-¡Que te largue! Yo haré lo que considere oportuno; eso no es cosa tuya. Además, trabajo mejor sola. Lárgate antes de que sea demasiado tarde; o antes de que sea yo misma la que te mate. Si te toman por desertor, sería muy fácil hacerlo sin temor a represalias.

Medio aturdido por las amenazas, el soldado se apresuró en abandonar el palacio. Luego corrió agazapado entre matorrales, cuidando de no ser visto y de salvar cuanto antes la distancia que lo separaba de su compañía. A lo lejos las explosiones se sucedían; las naves surcaban el cielo. Las mismas naves que apenas veinticuatro horas antes se encontraran como aliadas en Erthos, y que ahora se veían abocadas a aquella lucha. Acaso el joven no supiera que la intrépida guerrera mataría a Albus, del mismo modo que nadie conocía sus planes; pero, después de esto, había abrigado los más oscuros deseos. Sin embargo, no era el único que se preparaba; otros se habían anticipado.

Llegó al cuartel jadeante; las cinco compañías habían partido. Se excusó como mejor pudo y salió con un vehículo particular. Esperaba haber sido creíble, no haber levantado sospechas. Su cara, de asombro y preocupación cuando su superior le informó que toda Gotuma estaba en llamas, no era fingida. Siyan estaba detrás de aquello. Había sido una maniobra muy audaz, temeraria, más bien; un intento casi desesperado por reivindicarse ante su pueblo y sus soldados y ganar fuerza.

Una vez a solas, Ariadna contempló durante unos minutos el cielo. Lo observaba fijamente, con semblante serio; asistía a aquella cruenta fiesta de fuegos artificiales sin inmutarse. Sabía que había de tomar parte en ella; que habría de volver a jugarse la vida. Una vez más. Una vez más se expondría a que una bala la desgarrase; a que un proyectil le atravesara las entrañas y le cercenase la vida. Lo había hecho ya tantas veces… Había filtreado ya tanto con la muerte, que no dudaba que su hora se hallaba próxima. Mas tampoco le importaba. Toda la vida, desde los cinco años, su existencia había pendido de un hilo; siempre había guerreado con bravura y habilidad. Pero, ¿cuánto le duraría? La última vez que había combatido en Erthos, hacía unos meses, había estado a punto de perecer; se salvó gracias a la mano de aquél que la había precipitado a ese mundo de tinieblas.

Era una mirada cargada de melancolía; una mirada que recogía los rostros de todos aquéllos a los que había atravesado; de todos aquéllos a quienes había derrotado por apenas unos segundos, por apenas unos milímetros, gracias a su gran destreza. Y ahora, cuando su función en aquellas tierras parecía terminar, una vez más tendría que batirse; ahora, por un trono que todos ambicionaban.

Por suerte, nadie había reparado en el palacio, aquel lugar aislado; toda la labor se centraba en el campo de artillería. Ello le permitió demorarse. Cuando, harta de sus pensamientos, saciada de aquella fatal imagen, volvió en sí, se echó el carcaj a la espalda y salió.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

08/03/2019.

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