UNA NUEVA ETAPA (CCCXVIII)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXXVII)

-Muy buen teatro; casi me creo que estabas indignado.

-Y lo estaba; por eso ha sido tan real. Que quiera el puesto de Sacriĉ y que esté dispuesto a traicionarle no significa que no tenga derecho a reclamarle. Es más: su trato injusto hacia mí es una razón más, la principal, diría yo, de que quiera arrebatarle el poder cuando todo esto acabe. Si él hubiera sido legal conmigo; si hubiera respetado las reglas en vez de ceder a los chantajes, a los ruegos y a las influencias de amigos y familiares; si hubiera sabido valorar mis actos como merecía, mi actitud ahora sería distinta; habría sabido conformarme.

-¿De verdad? ¿Tú como sargento o comandante? ¿Al servicio de otros durante toda tu vida? Se me hace difícil de creer.

-Pues creetelo.

Ese viejo tenía que haberme ascendido hace mucho tiempo. Yo siempre he tenido mucho arrojo. Ambicionaba gloria y condecoraciones, pero no un puesto elevado en política. Mi mayor placer era bañarme en sangre, tal como tú haces; sentir toda la adrenalina en mi cuerpo cuando miles de almas se despedazaban las unas a las otras, con el peligro de que la mía me abandonara; oír los gritos de rabia de los guerreros, las exhalaciones de dolor; aullar antes de clavar mi espada en un rival; sentir el roce de su daga, el silbido que cortaba el aire. Y luego, al finalizar, verme rodeado por ese cementerio de cadáveres que pocos minutos antes habían sido valerosos combatientes, muchos de ellos dignos rivales… Todo eso me llenaba. Mi mayor ilusión era hallar la muerte en el campo de batalla.

-¡Vaya! Nunca lo hubiera dicho. Puede que seas un gran guerrero, pero también tienes mucho futuro como poeta.

-Pero no. Nada importó cuánto hice; nada importó aquella vez, cuando atacamos a los de Erthos en Sabrisca; nada importó que me precipitara con cincuenta compañeros en una incursión temeraria, de madrugada, sobre el campamento enemigo, para prender fuego a las naves; que matara a veinte erthianos y que capturáramos a medio centenar de rehenes; nada importó que la idea fuera mía; nada importó que les forzáramos a evacuar el campamento. ¡Nada! Me dijo que lo mío había sido una actitud suicida; que mi orgullo y mi vanidad me habían llevado, no sólo a arriesgar mi vida, sino a que cuarenta de los nuestros perdieran la vida. ¿Y tuve acaso yo la culpa? Se me puede achacar la responsabilidad de tentarles pero nada más. Si hubiera sido oficial y hubieran estado bajo mi cargo, asumiría la culpa. ¡Pero eran mis iguales! ¡Accedieron por voluntad propia! Y después Sacriĉ repartió condecoraciones, pero no se acordó de mí, porque había actuado por mi cuenta.

En Grotac, al año siguiente, más de lo mismo. O casi, porque ya no me desvié de las normas, después de cómo se me había tratado. Me limité a acatar las órdenes.

Entonces luché con bravura; maté muchos hombres y contribuí a nuestro triunfo. Pero mi temeridad me costó una pequeña factura; me hirieron en una pierna y tuve que pasar dos meses de rehabilitación. Sólo entonces Sacriĉ me concedió una condecoración; pero nada del ascenso. Estoy convencido de que seguirá resentido por lo de Sabrisca. Aumque, en el fondo, lo que le reconcomía era que la idea del ataque sorpresa fuera mía y no suya; y, cuando condecoró a todos menos a mí, fue por escarnio. Pero habría sido muy escandaloso que después de lo de Grotac no me reconociera mis méritos.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

13-03-2019.

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