EL REENCUENTRO (III)

Atento a todas las paradas, me quedé desconectado cuando observé que la última era la mía; y que ésta, además, no era en la plaza Weyler, el lugar que esperaba, en pleno centro, desde donde podía orientarme para llegar al hotel en pocos minutos; sino que paró en la estación de guaguas, en un punto para mí desconocido. Por suerte, la plaza Weyler es muy famosa acá; y la gente, muy cordial. De manera que no faltaron personas que me indicaran.

Pasé por un puente que también goza de cierto renombre, y que en los días sucesivos sería objeto de mis largos paseos. Hay en sus paredes murales conmemorativos del ataque que sufrió la ciudad en 1797 a manos de la flota británica, que pretendía adueñarse del archipiélago canario, pero que salió mal parada; tanto, que el almirante Nelson, uno de los hombres más insignes que ha proporcionado la pérfida Albión, perdió un brazo.

Todas las imágenes que contemplaba eran admirables; además, estaba ya en Santa Cruz, mi ciudad. Aquello era bellísimo. Pero hasta el hotel me esperaba un largo trecho, y no quería arrastrar la maleta durante todo el trayecto; eso habría reventado las ruedas. Para evitarlo, decidí llevarla en brazos, como si fuera un niño, aprovechando que sólo pesaba 4’5 kilos.

En cualquier caso, todo es relativo. La maleta pesaba poco, pero yo tampoco tengo demasiada fuerza. Así, hacia las 16,15, cuando me encontraba en la plaza contigua a la del Príncipe Paz, cuyo nombre no recuerdo, decidí entrar a un bar que había frecuentado mucho en su día, y que me había dejado un muy grato recuerdo. Necesitaba descansar y comer algo. Me pedí tres pulguitas, término empleado acá para referirse a unos bocadillos pequeños, y los acompañé con una botella de agua de medio litro. Por suerte, acá no hay iva, por tratarse de África, sino un impuesto que grava menos los productos, y me gasté algo más de 666 pesetas, el equivalente a 4 euros. Eso sí: mientras comía, me dolían los brazos de llevar en alto la maleta.

Eran casi las 17, o tal vez me demorara algo más en el bar, no estoy seguro, cuando llegué al hotel; pagué la estancia y subí a la habitación, la 110. Admito que al principio me sentí un poco despagado; la vi más pequeña de lo que me esperaba. Dos años antes me habían adjudicado una habitación situada en una esquina, probablemente la 111; era más grande y me daba la impresión de estar más aislada del ruido, algo para mí fundamental para la hora de descansar, pues mi sueño es muy ligero; y la 110, por su parte, daba a las escaleras; era un lugar de paso.

En cuanto me percaté de cómo era la habitación, bajé a recepción y pregunté si era posible cambiarla. Me respondieron que no; que en esos momentos lo tenían todo lleno. La respuesta me sorprendió, pues ya habían pasado los carnavales y era temporada baja. De todas maneras, el chico que me atendió era muy amable, y había acabado de llegar a aquel paraíso; no pensaba permitir que nada me estropeara el día. Para relajarme, me dirigí a la máquina de café y me pedí un capuchino, por cien pesetas. ¡Pero la maldita máquina no funcionaba!

Estaba claro que la naturaleza conspiraba contra mí; pero yo soy muy terco. Después de tantas horas en vela, necesitaba cafeína y azúcar para complementar la comida que había tomado minutos antes; y eso me lo proporcionó la misma panadería.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

17/03/2019.

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