EL REENCUENTRO (IV)

Todavía tuve que hacer unas cuantas compras antes de acostarme en la habitación y descansar; algo de comida para unos días. Cuando por fin pude encerrarme en mi cuarto, platiqué con calma con mi novia, aunque pronto me envió a dormir, consciente de mi insomnio de la noche pasada y del día tan largo que había tenido. Es una mujer adorable. Creo recordar que le advertí de mi llegada al hotel a las 17,30; mas el levantarme a las 6,15, más de doce horas antes, teniendo en cuenta la diferencia entre las Canarias y la Península. Había dejado un mensaje de despedida; y después de tanto tiempo, la pobre se preocupó. Según me dijo, les escribió a mi padre y a un amigo para interesarse por mí. Es encantadora.

En cualquier caso, mi agotamiento y los cuidados de mi cara mitad me metieron en la cama a las 22, de donde salí algo antes de las 9. A las 10 inicié un lago paseo de más de cuatro horas, que me llevó hasta el Puerto. Se encuentran ahí el cabildo y restos del castillo que repelió los ataques ingleses de los siglos XVII y XVIII, y estatuas de los antiguos menceyes. En el subsuelo hay un pequeño museo, donde se conservan restos de la antigua muralla y hay una historia de la ciudad, de cómo se fortificó días antes del ataque de Nelson con el cañón que acabó cercenándole el brazo derecho, que está ahí expuesto magestuosamente (el cañón, por supuesto). Por cierto: una curiosidad digna de mención: en el escudo de Tenerife hay tres cabezas de león. Simbolizan los tres almirantes ingleses derrotados por los tinerfeños, el último de los cuales, el susodicho Nelson; y tras lo cual el municipio se independizó de La Laguna como recompensa a su actuación y a las maniobras defensivas, donde participaron aguador as voluntarias, que subieron encrespadas colinas para llevar avituallamiento a las tropas españolas.

Siguiendo la línea del Puerto llegaba al museo de historia natural. Me informaron que a partir de las 16 la entrada sería gratuita, y no dudé en ir. Llevaba dos años codiciando ese momento; quería conocerlo todo sobre la ciudad. Podría hacerlo esa tarde y al día siguiente.

El hecho de tener tan restringido el tiempo me hizo no querer faltar a la visita, aunque a última hora habría preferido quedarme en el hotel, básicamente porque me dolía la cabeza, después de casi cinco horas recorriendo la ciudad s pleno sol, sin apenas lugares de sombra y sin un sombrero para protegerme. Y es que, después de informarme del horario del museo, anduve a través de las ramblas de la ciudad, diseñadas por el alcalde García Sanabria en imitación de las de Barcelona, algo que la convirtió en una capital europea, aunque también le reportó críticas, porque se dijo que atentó contra la naturaleza de la isla.

Precisamente al parque que lleva el nombre de este emblemático alcalde me fui a descansar y escribir. Es aquí donde termino todas mis jornadas matutinas. Me siento en un banco de madera frente a la gran fuente y empiezo a redactar mis crónicas antes de regresar al hotel. Y ahora, mientras termino ésta, caigo en que aún debo recorrerme este sitio antes de regresar; recuerdo que hay lugares muy hermosos que conocí hace dos años, y les debo el oportuno tributo. También me cuestiono si escribo demasiado; si debiera dejar la pluma para otro momento y recrearme mientras estoy aquí. Pero temo que la memoria me falle. Y no sé cuándo volveré.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/03/2019.

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