EL REENCUENTRO (V)

Como ya digo, aquella tarde fui al museo. Un poco tarde, porque estaba cansado de lo mucho que había andado por la mañana, y me dolía la cabeza. Cuando llegué eran casi las 18:00; hhabía dos pisos, además de la planta baja. Aquel día se me escapó inspeccionando la primera; la planta baja y la segunda quedarían para el sábado. Y esto es porque me entretuve en mirar el primer piso todo lo meticulolamente que pude; repasé las cinco salas con sumo cuidado; observé cada imagen y leí cada rótulo. Y, mientras trataba dev ilustrarme, me sentía cada vez más agotado; pero no quería dejar escapar esa oportunidad, por más que le dolieran los pies. Y por más que me esperara el trayecto de vuelta, relativamente largo.

Aquella noche, como todas las que he pasado en Tenerife (salvo la primera, debido al extremo cansancio) cogí el sueño a las 23, para levantarme temprano y seguir deambulando. Así, a la mañana siguiente volví a salir de la habitación a las 10 y me di un paseo por el puerto y las ramblas. Decididamente me encantó el trayecto; no podía dejar de recorrerlo, acompañado de mi mochila, donde guardaba el móvil, mi cuaderno para escribir y el libro de Octavio Paz. El móvil me sería muy úttil para tomar fotos; en mi cuaderno podría escribir cuando terminara mi jornada matutina, otras cuatro horas de paseo; y el libro de Octavio Paz, aunque venía conmigo, preferí reservarlo para la noche, para que no me restara tiempo y poder seguir gozando del paisaje.

En cualquier caso, el paseo, el segundo que me di, fue largo; y se me notó, a pesar de que parara para escribir y descansar. Y, cuando salí para ir al museo, lo hice con cierta desgana, poor sentirme todavía cansado. Pero fui; y entonces, además de recorrer la planta baja y la segunda, regresé a la primera para tomar fotos, todo lo cual me supuso mucho tiempo.

Canarias, además de tener una historia muy interesante, está llena de una vegetación exuberante y muy bien cuidada, que recuerda a la africana y a la americana, dos mundos tan hermanados. Me encantaría vivir aquí algún día, pero es francamente difícil. No soy el único que admira este paisaje tan bello; son muchos los turistas que vienen y se quedan; gente con dinero; y eso hace que la vida se encarezca. Es decir: los bienes de subsistencia, como comida, e incluso ropa y libros, tienen un precio normal, similar al de la Península; pero comprarse un piso acá es imposible, a menos que se tengan altos recursos. He mirado alguna inmobiliaria por curiosidad y he visto pisos de 80 metros cuadrados por más de trescientos millones de pesetas. El único que podría ser adquirido dispone tan sólo de 50 metros cuadrados.

Rotos mis sueños de mudarme a esta ciudad maravillosa, regresé a casa con los pies no menos quebrados que mis anhelos. Me dolían, como también me dolía la cabeza. Llevaba tres días muy intensos; y, aunque estaba disfrutando cada minuto; aunque la aventura de sobrevivir y buscarme la vida con la comida me entusiasmaba; a pesar de que me gustaba recorrer cada rincón y sentir la adrenalina recorriéndome como un animalillo travieso, me daba la impresión de que el viaje no estaba sentándome del todo bien. Aquella noche, para mi pesar, tuve que despedirme un poco antes de lo que quería de mi novia, que se quedó preocupada. Es un encanto; lo he dicho muchas veces. Ojalá el próximo viaje sea para estrecharla en mis brazos y llenarla de besos. Es tan buena, tan tierna… Es un amor.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

19-03-2019.

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