EL REENCUENTRO (VI)

Son las 18:01 del día 20, hora canaria.

Hoy rompo la tradicional cronología de mis crónicas y doy un salto de varios días, antes de retornar al orden lógico, debido a la importancia que reviste para mí este día. Es el último que paso en este paraíso, al menos por este año; tan sólo unas pocas horas me separan del vuelo, que sale a las 6:45 de la mañana del jueves.

Es por todo esto que el día está siendo muy atípico. Para empezar, me levanté a casi las 10, más tarde que nunca desde que estoy acá. Tenía que dejar la habitación a las 12, mas no quería marcharme antes, debido a que no habría tenido dónde quedarme; y no quería cansarme demasiado, para tener energía para sobrellevar una jornada tan especial.

Esta mañana platiqué un poco con mi padre. Fue la última acción que realicé en mi cuarto, algo antes de las 12. Tras ello, devolví las llaves y pedí permiso para dejar la maleta en recepción. Esto me aligeró, y pude irme a recorrer por última vez algunos sitios. Estuve en la plaza Weyler, donde le gravé un vídeo a mi novia; fui al puente que tiene las pinturas en recuerdo del ataque de Nelson y su derrota; caminando por él llegué a la puerta del mercado de Nuestra Señora de África, del cual hablaré con más extensión otro día; ahí se pone un mercadillo los domingos. Si no recuerdo mal, después he pasado por el TEA (también tengo que decir algunas cosas sobre este recinto), por el museo de historia natural y por el puerto. Ya había estado en el puerto los días anteriores; había ido con mucha frecuencia al cabildo y a ver las estatuas de los menceyes, cada vez impelido por una curiosidad nueva, con ganas de descubrir algo que en las  ocasiones anteriores me hubiera pasado inadvertido.

Fue esto lo que me hizo regresar esta vez, pero también algo más; porque, salvo en una ocasión, en el resto de días no me había atrevido a recorrer el paseo marítimo; y hoy quise hacerlo de nuevo, para ver hasta dónde llegaba.

Es curiosa mi actitud. Caminaba expectante, gozando de todo cuanto veía, pero sabía que, cuanto más avanzara, tanto más tendría que retroceder después. ¿Cuál sería el momento idóneo para dar la vuelta? No sabía. Sólo sabía que se me acababa el tiempo; que tendría que regresar a esa tierra tan aborrecida; y que añoraría este paraíso.

Me notaba los brazos quemados por los días anteriores. Fue una imprudencia, por pasear tanto tiempo al sol; pero no era momento de pensar en eso, sino de cuanto había ante mí. No sólo el paseo marítimo -un paseo que da al puerto, pero cuya playa no he podido ver en todo este tiempo-, las abundantes plazas o las murallas, sino incluso los edificios antiguos, en ruinas, las casas abandonadas. No sólo los edificios de los siglos XIX o XX, sino incluso los más antiguos, del propio XVI. ¿Por qué me atrae tanto todo lo que huele a historia, muerte, misterio? Es curioso. Debe de ser la imposibilidad de conocer, de obtener certezas, lo que me despierta el hormigueo.

Así, nervioso, inquieto acerca de cómo invertir mis últimas horas, me fui a comer a la panadería a donde he estado asistiendo estos días, El rincón del pan. Fue un gasto innecesario, como lo fue el barraquito, un café con leche condensada largo, un homenaje para poner lo más tarde posible un punto y seguido a mis visitas a esta tierra paradisíaca.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

20-03-2019.

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