YO, EL REY, POR VALLEJO NÁJERA

BAYONA, 7 DE JUNIO DE 1808

¡YO, EL REY, José I de España y de las Indias!

¿Qué hago yo, rey de España, contemplándome en el espejo vestido de coronel del regimiento de mi guardia de Nápoles?

Debe de haber resultado incómodo para el grupo de españoles que acaba de rendirme pleitesía como su rey.

El emperador lo ha insinuado:

-He dado orden de que os hagan inmediatamente un uniforme español.- Empleó un tono entre condescendente y cansino, como quien se dirige a un inútil con quien quiere estar amable, relativamente amable.

Fue sólo un destello, pero ha bastado para ponerme alerta este regreso al viejo tono, porque el emperador había estado todo el día afectuoso, como siempre hace conmigo cuando desea algo. Lo que ahora desea es hacerme el mayor de los regalos: la corona de España. Esta donación me parece injusta e impolítica. Tampoco la deseo. No me atrevo a decirle ninguna de las dos cosas.

Del incidente del uniforme, como de tantas cosas que me censura, la culpa es suya. Sin advertencia, sin aviso que me hubiera permitido apercibirme, llegó a Nápoles su carta:

…El rey Carlos IV, por el tratado que he hecho con él, me cesde todos sus derechos a la corona de España. El príncipe de Asturias renunció antes a su pretendido título de rey, pues el rey Carlos alegó que su abdicación fue obtenida por la fuerza. La nación, por el órgano del Consejo Supremo de Castilla, me pide un rey. ES A VOS A QUIEN DESTINO  ESTA CORONA… recibiréis esta carta el día 19, partiréis aquí el primero de junio… guardad el más absoluto secreto.

La víspera de esta carta me había proclamado, sin mi reconocimiento, rey de España y de las Indias.

Abandonar un reino para buscar otro en veinticuatro horas obliga a dejar muchas cosas pendientes, más importantes que el guardarropa, pero fastidia no tener el adecuado. Parece un tema insignificante, mas es cierto que el camino hacia la catástrofe está empedrado de trivialidades fallidas. Esta vez no puedo equivocarme ni de camino ni de empedrado. Mi desgracia sería la de todo un pueblo.

La experiencia me obliga a ser suspicaz con mi hermano. En la misiva en que me ofrece la corona expone incluye argumentos, ensalzando el regalo: “España no es el reino de Nápoles: tiene once millones de habitantes, más de ciento cincuenta millones de renta, sin contar los inmensos ingresos y la posesión de todas las Américas. Es una corona que, además, os coloca en Madrid, a tres días de Francia. Nápoles está en el fin del mundo…”

Si fuera tan claro el beneficio, no precisaría vendérmelo. Me gusta Nápoles, prefiero Nápoles a España.

Hace más de dos años que gobierno en Nápoles. Tomé posesión con sólo dos muertos. ¿Cuántos costará instalarme en el reino de España? Es un tema del que mi hermano ha evitado hablarme en todo el día de hoy. La carta con  la oferta-orden está fechada el 11 de mayo de 1808. Tengo que recordar las fechas, porque son muy importantes para desenredar todo este embrollo. “Embrollo”, la palabra es también del emperador. Hace meses que me habla o escribe de las cosas de España Cuando nos vimos en Venecia en diciembre pasado se refirió a España como algo que le preocupaba, que se estaba complicando, es un “imbroglio”, me dijo. Si se lo pareció entonces, mucho más me lo parece hoy a mí. El enredo más complejo de que tengo noticia.

Un laberinto que ha empezado a teñirse de sangre. La carta del emperador, del 6 de mayo, cino días anterior a la otra, no deja lugar a dudas:

Hermano, os envío adjuntos unos documentos que os permitirán conocer los asuntos de España. Nos aproximamos al desenlace. El rey Carlos me ha cedido todos sus derechos al trono, se retira a Compiègne con la reina y parte de sus hijos. Días antes de la firma de este tratado, el príncipe de Asturias renunció a la corona, devolviéndosela al rey Carlos. 


El gran duque de Berg ha sido nombrado lugarteniente general del reino y presidente de todos los consejos. Ha habido una gran insurrección en Madrid el 2 de mayo. De treinta a cuarenta mil individuos se reunieron en las calles y las casas, haciendo fuego por las ventanas. Dos batallones de fusileros de mi guarda, quinientos caballos, pusieron todo en orden. Murieron más de dos mil hombres de este populacho. Yo tenía en Madrid sesenta mil hombres que no pudieron hacer nada. Se aprovechó esta circunstancia para desarmar Madrid.

21-03-2019/28-03-2019.

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