EL REENCUENTRO (VII)

Demoré como media hora, quizá más. Es extraño: por una parte aguardaba el momento de mi marcha como un instante fatídico; y por ello lo temía. Por otra parte, sin embargo, me decía que, dado que era inevitable, llegara cuanto antes. Así, como un condenado a muerte, esperaba que se cumpliera la terrible sentencia. Había dado un último paseo por sus calles, había vuelto a admirar el puerto; e, incluso, antes de regresar al hotel me había deslizado por unas callejuelas por donde aún no había pasado, cercanas a mi residencia. Eran calles antiguas, con edificios deshabitados, algunas medio derruidas. Vi negocios quebrados, como un bar y otro local, situados en calles paralelas entre sí y con la mía, que lucían el nombre de Garajonay. Todo aquel aspecto de misterio, decrepitud y muerte me embriagaba y me enamoraba.

En cualquier caso, no quería demorarme demasiado en recoger la maleta; temía que aquello fuera un exceso de confianza. Por eso regresé a la recepción y me entretuve un poco con el chico que estaba en ese momento, antes de darme el enésimo paseo, hasta la estación de guaguas, pero ahora con la maleta a cuestas. Esta vez, no obstante, escarmentado por la experiencia de la ida, preferí hacerla rodar, antes que destrozarme los brazos;; unos brazos que, por otra parte, tenía ya muy quemados, como sigo teniéndolos hoy, un día después del regreso. Y el pavimento, además, era muy apto para las ruedas.

En la estación de guaguas consulté los horarios. Después de observar que tenía una cada media hora, lasta las 21, y que, tras ello, habría servicio nocturno, me sentí satisfecho; no tendría ningún problema. Mas no quería marcharme todavía; aún era temprano; me aburriría como una ostra en el aeropuerto.

Entonces decidí escribir mi última crónica en Santa Cruz; la única, creo recordar, que no redacté en el García Sanabria, sino en un parquecito de niños, que correteaban a mi alrededor con sus gritos y sus ilusiones. Ahí traté por última vez de saciarme de mis nostalgias y volcar todo el dolor de mi pluma sobre el lienzo; aunque, a decir verdad, no sé hasta qué punto lo conseguí. Lo que escribí en aquellos minutos era parte de mi zozobra, pero no eran las ideas que minutos antes había tenido en mi cabeza, como creo que tampoco lo son éstas. ¡Cuántas veces he escrito sobre este asunto en mi mente en los últimos días! Estos conceptos han nacido y han muerto una y otra vez, en formas distintas, sin que mi pluma pudiera saciar mis ansias, como un caprichoso dios que en su aburrimiento se suicidara para al instante siguiente volver a renacer.

Llevaría unos diez minutos escribiendo cuando se me acercó un tipo para pedirme dos euros (333 pesetas) para un bocadillo; se los negué, como es obvio. A nadie doy dinero así como así; y menos cuando me lo piden de una manera tan descarada. La única vez que di algo a alguien en Tenerife fue la noche anterior, a un músico que tocaba la flauta, creo recordar, y que se mostró sonriente y agradecido cuando le aplaudimos al terminar una canción. Lo vi con una bondad que me inspiró confianza.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

22-03-2019.

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