EL OCASO DE LOS ÍDOLOS, POR FRIEDRICH NIETZSCHE

*NIETZSCHE O EL INMORALISMO ICONOCLASTE

Hasta el más valiente de nosotros pocas veces tiene valor para enfrentarse con lo que realmente sabe. Nietzsche.

Nietzsche escribe El ocaso de los ídolos en Sils-María, donde -según sus propias palabras- dispone de un cielo aziul por encima de él para poder concentrar sus pensamientos. Entre altas montañas, profundos abismos, abundante vegetación y arroyos y torrentes alimentados por las aguas del deshielo -lugares en los que solía pasar los veranos desde años atrás-, el filósofo es un paseante solitario que trata de plasmar en mil anotaciones dispersas las numerosas ideas que le vienen a la mente. Tres odios obsesivos turban la paz de sus meditaciones: el odio a los sacerdotes cristianos, el odio a sus compatriotas alemanes y el odio a su antiguo amigo Wagner, que se ha vuelto piadoso y ha impregnado de emociones religiosas su ópera Parsifal.

Cuando en el verano de este año acude a visitarle Paul Deussen, lo encuentra profundamente cambiado. “Ha perdido su actitud orgullosa, el paso elástico, la fluida palabra dde otro tiempo.” Vive en un modesto cuarto que ha alquilado en una casa de campesinos. Sus obras no se venden, muchos amigos le han vuelto la espalda, en su país ha sido condenado al más cruel e inmerecido ostracismo. Si los críticos se acuerdan de él, es para lanzar contra sus obras y contra su persona los dardos de una sátira despiadada. Ha de editar a sus expensas unos libros que nadie lee. El orgullo de nuestro autor se siente herido -según expresa en una carta a su madre- por la ayuda económica que le prestan algunos amigos compadecidos “por su pobre situación financiera.”

Tan sólo algunas cartas y la noticia de que Georges Brandes ha dado un curso organizado por la Universidad de Copenhague para difundir su pensamiento, le ayudan a reemprender la producción literaria. Hacia finales de julio escribe a Malwida von Meysenbug: “Enmudezco, empero, involuntariamente frente a todo el mundo, porque cada vez tengo menos ganas de dejar ver a nadie las dificultades de mi existencia. Se ha hecho verdaderamente un gran vacío en torno a mí. Literalmente dicho, no hay nadie que tenga una idea de mi situación. Lo peor de ella es, sin duda, no haber oído desde diez años una palabra que llegue a mí, y comprender esto, comprenderlo como necesario.  He dado a la humanidad el libro más profundo. ¡Cómo tiene que purgarse esto! Lo sitúa a uno fuera de todo trato social, crea una tensión y vulnerabilidad insoportables, se es como un animal constantemente herido. La herida es no oír ninguna respuesta, ningún sonido, y tener de una terrible manera sobre los propios hombros la carga que uno desearía compartir, que uno desearía echarse de sí. ¿Para qué, si no, escribiría? Puede uno perecer como resultado de ser inmortal.”

*Fragmento de la introducción de Enrique López Castellón.

PREFACIO

CONSERVAR en los problemas sombríos y de abrumadora responsabilidad la alegría serena, es cosa harto difícil, y, sin embargo, ¿hay algo más necesario que la alegría serena? Nada sale bien si no participa en ello la alegre travesura. Soló el exceso de fuerza es la prueba de fuerza. Una transmutación de todos los valores, interrogante negro y tremendo que proyecta sombras sobre quien lo plantea, obliga a cada instante a buscar el söl y sacudir una seriedad pesada, una seriedad que se ha vuelto demasiado pesada. Para este fin, bienvenidos sean todos los medios; cada caso es un caso de buena suerte. Sobre todo, la guerra. La guerra siempre ha sido la grande cordura de todos los espíritus que se han vuelto demasiado íntimos y profundos; hasta en la herida hay virtud curativa. Desde hace tiempo la siguiente máxima, cuyo origen escamoteo a la curiosidad erudita, ha sido mi divisa: increscunt animi, virescit volnere virtus.

Otro solaz, que bajo ciertas circunstancias me es aún más grato, consiste en tantear ídolos… Existen en el mundo más ídolos que realidades; tal es mi “mal de ojo” respecto a este mundo, como también mi “mal de oído”… Interrogar con el martillo y oír acaso coma respuesta ese famoso sanida hueco que dice de intestinos aquejados de flatosidad, ¡qué deleite supone para uno que tiene oídos aún detrás de los oídos!; para mí, avezado sicólogo y seductor ante el que precisamente lo que quisiera permanecer calladito tiene que hacerse oír…

También este escrito-como lo revela el título-es ante todo solaz, rincón soleado, escapada a la sociedad, de un sicólogo. ¿Acaso también una nueva guerra? ¿Se tantean nuevos ídolos?… Este pequeño escrito es una gran declaración de guerra; y en cuanto al tanteo de ídolos, esta vez no son ídolos de la época, sino ídolos eternos los que aquí se tocan con el martillo como con el diapasón; no existen ídolos más antiguos, más convencidos, más inflados… ni más huecos… Lo cual no impide que sean los más creídos. Por otra parte, sobre lodo en el caso más distinguido, no se los designa en absoluto con el nombre de ídolo…

Turín, 30 de septiembre de 1888,

día en que quedó concluido el libro

primero de la Transmutación de todos los valores.

 28-03-2019/05-04-2019.

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