EL REENCUENTRO (X)

La nueva semana laempecé con la misma ilusión que tenía al llegar a la isla, aunque procuré moderarme un poco la euforia. Durante los primeros días había sido todo muy explosivo, y había acabado con dolor de cabeza; y, además, no sabía por dónde continuar el recorrido histórico. Las partes más importantes de Tenerife me las conocía ya, o eso creía; y otros lugares enigmáticos, como El Teide, La Laguna o La Orotava, requerían una cierta inversión económica. Los tres parajes que he mencionado son muy bellos, pero el viaje a Santa Cruz y la estancia en el hotel ya me habían hecho un agujero en el presupuesto; y debía cuidar el dinero.

Por tanto, me faltaba un poco de motivación, aunque esto parezca contradecir la ilusión que he mencionado. Lo más que podía hacer era pasearme por las calles más típicas, las propias de un pueblo normal y corriente; y eso no me apetecía. Por suerte, poco después de salir del hotel vi, en la Plaza del Príncipe Paz, unas indicaciones con las que no había reparado hasta el momento; si las seguía, llegaría hasta el museo de bellas artes. ¡Otro museo! Para un historiador apasionado no hay nada más tentador.

Sin pensármelo, me puse en camino; pero yo, con mis problemas de orientación, a pesar de que las señalizaciones eran buenas, tuve que preguntar a algunos de los generosos habitantes, que me atendían con una amabilidad exquisita. Una mujer cuarentona que paseaba con su marido, sin embargo, me advirtió que creía que estaba cerrado en ese momento, pero me recomendó otro lugar que, por las indicaciones, me parecía cercano al museo de historia natural; les inquirí, y me dijeron que era contiguo. Es muy satisfactorio comprobar que voy conociendo algunos lugares; y que, aún con dificultades, consigo trazar un pequeño mapa en mi mente.

El lugar a donde me enviaron es el TEA, Tenerife Espacio de las Artes. Ea un edificio inmenso, precioso, acristalado. Dispone de una gran biblioteca; se puede ver a los estudiantes desde arriba a través de las ventanas. Creo recordar, por cierto, que mi amiga me comentó en alguna ocasión que había ido ahí a estudiar. También dispone de un salón de actos y de una cafetería a donde, por curiosidad, quise entrar a tomar algo y a relajarme. El lugar, como digo, era encantador; me embelesaba y me invitaba a tomar ese café con leche, aunque fuera un poco más caro de lo que esperaba.

Cuando entré a la biblioteca me quedé fascinado, como suele ocurrirme siempre que llego a un lugar hermoso y plagado de historia. En algunas de sus paredes había una breve memoria del recinto. Me quité la gorra, dado que ya estaba a resguardo de los inclementes rayos del sol, y recorrí aquel lugar de una manera un tanto indiscreta, y me paré a leer con atención lo que decían los carteles, exponiéndome a las miradas de los demás, como un ser extravagante. En una de tales ocasiones, me encontraba absorto en la lectura de una de aquellas frases mientras, con la mano izquierda a la altura del pecho, sostenía la gorra por la visera boca arriba. Un hombre pasó por delante de mí y me dijo, con una sonrisa, “Una monedita”. Me hizo reír. Pero es que mi aspecto era, en verdad, el de un mendigo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

28-03-2019.

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