EL REENCUENTRO (XI)

El martes fue un día un tanto sombrío. Era la última vez que me paseaba con calma por las calles de Tenerife; que disfrutaba del Cabildo, de los menceyes, de los restos de la muralla; el puente de la ciudad, con el grabado conmemorativo del intento de invasión por parte de Nelson y su derrota; el museo de historia natural y el TEA…; el último día en que veía aquel hermoso pedazo de historia, tan seductor y tan misterioso.

Y fue aquel día cuando, fruto de una nueva casualidad, me percaté de algo muy evidente, pero que hasta el momento me había pasado desapercibido; y era que, frente al cabildo, los menceyes y el monumento en honor de quienes defendieron la isla del intento de invasión inglesa, había un pequeño museo subterráneo, donde se hallaba el cañón que le había cerecenado el brazo derecho al almirante de la pérfida Albión. Estaba junto a una pequeña historia reciente de la ciudad, que leí detalladamente, al tiempo que tomaba algunas fotos.

Otra cosa que me llamó la atención fue el museo militar, también situado en la zona del puerto. Quise entrar, pero el hombre que se hallaba en la puerta, vestido de verde como una lechuga, me lo impidió; me dijo que ese día el museo estaba cerrado; que podría ir al día siguiente. Pero me permitió fotografiar unos tanques y entrar en una modesta casita, con algo de información.

A decir verdad, no recuerdo si la anécdota del museo militar fue el martes o el lunes; sólo sé que se me quitaron las ganas de regresar; no me pareció algo interesante. Lo gracioso fue que aquella lechuga con patas me preguntara si era militar. Creo que cualquiera que me vea deduce sin demasiadas dificultades que yo, como diría Woody Allen, en caso de guerra sólo podría ser prisionero.

Tampoco estoy seguro de si la visita al museo de bellas artes se produjo el martes o el miércoles. Creo que fue este último día, aunque no puedo afirmarlo con certeza. En cualquier caso, me decepcionó, como el militar; vi retratos de reyes y de otros personajes de la aristocracia. Y eso es algo que sólo puede provocarme asco.

Este último día de disfrute, por otra parte, salí a dar un último paseo vespertino, ya cuando caía el sol. Quería visitar la librería La isla, donde había comprado un libro mi amiga el año anterior para regalármelo por navidades, aunque tuvimos un problema con la aduana, por cierto, y me hacía ilusión despedirme de aquel lugar. Tenía una ligera idea de su ubicación, pero no estaba seguro. Vi a un hombre con una joven y le pregunté; me respondió que estaba justo a unos metros, en esa misma calle, pero que creía que había quebrado, o que estaba a punto de hacerlo, y me sugirió otras posibilidades. Yo ya sabía de otra librería; y el domingo, de haber querido, habría comprado varios libros buenos a un precio muy bajo. Si quería ir a esa biblioteca era, por supuesto, por el aspecto sentimental. Pero la librería había quebrado. Como la amistad con mi amiga.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

29-03-2019.

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