EL REENCUENTRO (XIII)

Cuando aquel sujeto, tan peculiar como el de la noche anterior, se marchó, pude continuar el relato que había empezado hacía apenas unos minutos. Y en cuanto finalicé mi crónica, transcurrida quizá media hora, aún no eran las 19:00. Me sentía raro, sin una idea clara de qué hacer. Aún era pronto para irme al aeropuerto, pero poco más podía hacer con la maleta a cuestas. Decididamente, estaba siendo un día plagado de nostalgias, y más largo de lo habitual; era como si las manecillas del reloj tuvieran que hacer un sobreesfuerzo y avanzaran con perezosa lentitud. Es sorprendente cómo cambia nuestra percepción del tiempo en función de cuál sea nuestro estado anímico.

Tratando de demorar mi partida, fui a la estación de guaguas. Ahí permanecí algo así como una hora, o tal vez algo menos. Y esto me hace dudar acerca de la veracidad de cuanto he escrito hasta el momento, pues cogí la que salia a las 20:55, que se demoró unos cinco minutos.

Sea como fuere, en la estación bajé hasta el piso inferior para ir al baño. Ahí, próximo a los aseos, vi un interruptor, que me vino de perlas para cargar el móvil. Después del último vídeo que le había grabado a mi novia, en la plaza Weyler, y de las fotos que había tomado en el puerto, tenía la batería baja. Mientras se cargaba en aquel lugar solitario, por donde apenas pasaban unas pocas personas, aproveché para comerme algunos de los bocadillos que llevaba encima, al tiempo que rumiaba si lo tenía todo en orden, pero mi inseguridad siempre me asaltaba; me decía que era mejor comprar algo más de comida, para que no me faltaran energías para sobrellevar la noche en vela. Creo que tengo un instinto de supervivencia muy desarrollado, después de las muchas ocasiones en que he visto ante mí el estremecedor rostro de la muerte, y a pesar de lo mucho que aborrezco mi propia existencia. No obstante, esta vez me contuve y no compré nada más.

Y a las 20:55, como ya he adelantado, subí a la guagua que debía llevarme al aeropuerto del Sur. Aunque estuve a punto de no hacerlo. Cuando exstaba en la puerta, a punto de subir y comprar mi billete, vi que el conductor, un hombre flaco y larguirucho, bostezaba y daba cabezadas. Aquello me asustó. Podía estar somnoliento o ebrio; cualquiera de las dos cosas era una mala noticia. Que, pese a mis sospechas, cogiera la guagua, es algo del todo incomprensible. ¿Dónde estaba el supuesto instinto de supervivencia del que hace tan sólo unas líneas he hablado. Mi actitud, más bien suicida, respondía, en todo caso, a un instinto de muerte. Máxime cuando no tenía ninguna prisa; cuando sabía que llegaría al aeropuerto a las 22:00, y entonces me moriría de aburrimiento durante casi nueve horas. Era la excusa perfecta para quedarme en tierra hasta que pasara el primer autobús nocturno.

Pero no lo hice. Afortunadamente, o el conductor no estaba tan somnoliento como yo pensaba, o no estaba ebrio, o no se le notaba. Fue un trayecto suave y relajado; tanto, que las energías que me habían proporcionado los nervios hasta el momento, al sentirme seguro y cómodo en el asiento junto a la ventanilla, en plena oscuridad, llegué a adormecerme durante el viaje.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

01-04-2019.

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