EL REENCUENTRO (XV)

Una vez satisfechas mis necesidades fisiológicas, aproveché que ahí cerca había lo que parecía ser la sala de espera, muy bien iluminada, y me senté en una de las sillas, acompañado por mi comida y por el libro que había llevado conmigo al viaje, que hasta el momento había quedado bastante aparcado, pero que entonces, en esa mañana larga y solitaria, podría serme muy útil para tratar de abreviar el tiempo. Era Las peras del olmo, de Octavio Paz, un autor de quien había leído poco, El ogro filantrópico, Tiempo nublado, un libro en que traduce poemas de diversos países y estilos, titulado Versiones y diversiones, y no sé si alguno más.

Lo único que recuerdo es que me gustó en su día; que me pareció un autor interesante. Y fue por ello que el día 30 de diciembre del año pasado cuando, mientras daba un paseo con mi padre y su esposa por un mercadillo de la ciudad, di con éste, decidí comprarlo al módico precio de 83 pesetas. Y el libro, en efecto, era muy instructivo, pero se me hizo un tanto tedioso; y ello es porque no era una novela ni un relato histórico exactamente, sino un ensayo. A lo largo de sus páginas podía verse la evolución de la literatura mexicanas desde la época colonial hasta el siglo XX; se analizaban la vida y el estilo de Sor Juana Inés de la Cruz y otros poetas y novelistas. Todo muy académico. Y eso, que para una mente instruida y que pretende hacer un estudio exhaustivo es algo muy útil, a mí se me antojó pesado, aunque no por ello dejara de apreciar el valor de la obra.

El caso es que, sin nada que hacer y con tantas horas por delante, yo iba leyendo. Pero no me quitaba de la cabeza el mendigo que me había invitado a sentarme a su lado; me sabía mal haberlo ignorado; temí que se sintiera abandonado. Es otro de los rasgos de mi carácter;a veces les doy muchas vueltas a las cosas.. A ello se unía, además, que el asiento era duro;no era posible permanecer ahí durante demasiado tiempo; mis nalgas empezaban a resentirse.

Decidí levantarme e ir a pasar algunos minutos con aquel ser tan extraño. Mas entonces, cuando regresé al punto donde lo había encontrado hacía como una hora, no lo vi. Deduje que se había marchado en alguna de las guaguas; o quizá en ese instante hubiera ido al lavabo, precisamente. De todas formas, mi conciencia ya estaba aliviada; ya había hecho un pequeño intento, aunque infructuoso, por reunirme con él y hacerle más llevadera la madrugada.

Regresé al lugar donde había estado sentado, más o menos, después de aquel paseo por la planta baja del aeropuerto, tan desértico. Vi que, en la pared que había perpendicular a donde yo estaba, un hombre dormía acostado en el suelo, cubierto de la luz por la repisa de un mostrador; enfrente de mí, una pareja descansaba, reclinados el uno junto al otro; y, detrás, creo, otra mujer dormía en el suelo. Los veía y me daba la impresión de que fueran indigentes; luego me miraba a mí mismo y me decía que estaba en su misma situación; que lo único que me diferenciaba de ellos eran unos nervios enfermos, que me permitían mantenerme en vela sin esfuerzo, aunque por dentro me sintiera destrozado.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

06/04/2019.

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