EL REENCUENTRO (XIV)

Análisis de la obra:

Aunque adormecido, no llegué a perder la conciencia del todo; estaba despierto, mirando el paisaje. Y menos mal que lo hice. Sólo así me di cuenta de cuándo la guagua llegó al aeropuerto. Y es que nadie más bajó. De hecho, aquélla no era la última parada, en contra de lo que yo creía. Eso explicaba el porqué yo había sido el único que había sido el único en introducir una maleta en la zona del equipaje.

Mi desconcierto se fue aclarando un poco cuando, ya en el aeropuerto, vi en un televisor los próximos vuelos. El siguiente, a Barcelona, salía a las 6:30; y, tras él, el de Valencia, a las 6:45.

Así las cosas, yo había sido una de las pocas personas que se habían aventurado a aquel desierto. Entonces, con las luces del recinto, había recuperado la energía; pero me sentía un tanto aburrido. Habría sido más fácil si las cajas hubieran estado abiertas y hubiera habido movimiento de pasajeros. Por hacer algo, pensé en tomarme un café, pero no vi ninguna máquina; y no quería gastarme el dinero en el único bar que había abierto. Le pregunté a una mujer vestida de uniforme, quizá azafata o piloto. Debí de darle lástima; seguramente se percató de que estaba desorientado. Sólo así se explica que me indicara que subiera a la zona habilitada para la tripulación, de paso restringido. Ahí tenía una máquina de café.

Con la mochila y la maleta a cuestas, subí las escaleras y me pedí un capuchino por algo así como 86 pesetas, creo recordar. El peor dinero invertido. Aquello no era café; era agua sucia. Por suerte, algo bueno pude sacar; y es que vi en la pared otro enchufe donde cargar un poco más el celular y platicar un rato con mi novia. Mientras esto hacía, varias personas pasaron por mi lado, todos miembros de tripulación, como atestiguaban sus uniformes. Yo me sentía culpable, pues sabía que no debía estar ahí; mas apenas nadie se fijaba en mí; y, cuando alguien lo hacía, a lo sumo me saludaba con una sonrisa. Todo aquello se me hacía muy raro.

Al cabo de unos minutos me despedí de mi novia y regresé a la planta baja. Entonces tenía otro problema. Después de tomarme el agua sucia, necesitaba orinar. Caminé de una parte a otra en busca de aseos; y, mientras miraba, vi que un hombre me hacía señas desde el banco donde estaba sentado. Parecía ebrio, con ropas de indigente; creo recordar que me dijo que era polaco. Me quedé sorprendido cuando me mostró una bolsa donde llevaba unos bocadillos que debía de haber comprado en una de las máquinas del aeropuerto, invitándome a que cogiera uno y me sentara a su lado. Tal ofrecimiento no me lo esperaba de un desconocido, con el cual, además, poco o nada podría haber hablado; pues, aunque él hubiera sabido inglés, mi nivel es muy deficitario.

Y el caso es que fue este supuesto mendigo el que me orientó acerca del cuarto de baño. Ésa fue la treta con que me libré de él; pues, dado mi carácter, de no haber tenido un motivo real para ausentarme, habría sido capaz de quedarme a su lado durante horas, a pesar de sentirme incómodo.

Autor: Javier García Sánchez.

Desde las tinieblas de mi soledad,

03/04/2019.

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