UNA NUEVA ETAPA (CCCXXI)

Si mi pueblo parecía cambiado, la ciudad estaba completamente transformada.

Llegué a ella y me sentí como una desconocida. Las calles estaban destrozadas por el efecto de las bombas; muchas personas que había conocido ya habían muerto;en cada esquina había una pareja de gendarmes que vigilaba que no se produjeran disturbios. Su semblante altanero disuadía de por sí; se le quitaban a una las ganas de hacerles ninguna pregunta. Ni tan sólo me atrevía con las alemanas; eran las mujeres las que con más desdén miraban. En cuanto a los hombres, parecían de hielo; hasta el deseo, tan propio de los varones, estaba ausente de sus pupilas.

Caminé con la cabeza baja en busca de la casa de Raquel; ansiaba reunirme con ella y con Gabi lo antes posible para recuperar un poco de tranquilidad. Además no me encontraba a gusto con el panorama tan desolador que se me ofrecía a la vista. Estaba muerta de hambre; pero, por alguna extraña razón, en las panaderías a las que entraba nunca veía más de dos personas juntas; y eso me deprimía.

Tal como me dijo Luís, la finca continuaba en pie; era como un oasis. A su alrededor todo era ruinas. Las máquinas ya estaban trabajando para levantar nuevos edificios y reconstruir la zona, pero sería un proceso lento y costoso; y nada garantizaba que no se paralizaran las obras en cualquier momento por falta de presupuesto.

El ascensor estaba estropeado. No podía faltar ese imprevisto. Por suerte, sólo eran tres pisos. Si había caminado a paso ligero durante una hora, perfectamente podía hacer ese pequeño esfuerzo.

-¡Laura! ¡Qué sorpresa! ¡Pensábamos que te habían matado!

Fue Raquel quien me abrió la puerta. Estaba en camisón, y la noté muy desmejorada, a pesar de que hacía menos de dos años que no la veía. La guerra había causado estragos en ella; y tal vez también lo hubiera hecho en mí, y no sólo en el aspecto emocional. Pero, después de lo que había vivido y de lo preocupada que estaba por los míos, ni tan sólo había tenido tiempo para fijarme en mi propia imagen.

Después de verme y de soltar aquellas palabras con un hilo de voz, Raquel se arrojó encima de mí y empezó a llorar; nos abrazamos y le acaricié el cabello mientras escuchaba sus sollozos y su cuerpo se sacudía fruto de la congoja. Yo, por mi parte, ya estaba seca; ya había tenido tiempo de desahogarme de tantos disgustos.

Al cabo de unos minutos, recompuesta ya de la impresión que le produjera mi llegada, me hizo pasar y cerró la puerta.

-Es la primera sorpresa agradable que he tenido en un año. ¡Y menuda sorpresa! ¡Cariño, pensábamos que estabas muerta! ¡Gabi se va a morir de alegría cuando te vea! ¿Cómo has sabido que estábamos aquí?

-Es una larga historia.

En cuanto a lo que dices de que estoy viva, ni yo misma estoy tan segura. Mis padres han muerto, también han muerto mis dos compañeras de piso de la universidad; mi hermana se ha ido hacia el norte… No te ofendas, cariño. Me alegro mucho de verte, del mismo modo que me volveré loca de alegría cuando vea a Gabi; pero, ¿qué mundo nos ha quedado? ¿De verdad es esto vida? Y, por cierto, ¿dónde está Gabi?

-Salió a hacer unas compras; no creo que tarde.

-Sorprendente. Eso quiere decir que aún hay algo que comprar. Y más vale que así sea. Llevo todo el día en ayunas. ¿Puedes ofrecerme algo?

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

10/05/2019.

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