UNA NUEVA ETAPA (CCCXXIV)

Pasamos la tarde metidos en casa, rememorando los años de carrera, aquellos años en que habíamos formado un grupo compacto, que creíamos que era sólido e inquebrantable. Era un modo un tanto extraño de pasar el tiempo. Por una parte, intentábamos recuperar la normalidad -¿No teníamos motivos para estar felices, después de habernos reencontrado tras tan duro trance?-. Y, en efecto, algunas risas se nos escaparon. Pero eran risas adulteradas por emociones más oscuras; por la nostalgia que nos embargaba. A la alegría sucedía casi sin descanso el silencio; un silencio meditabundo, al que los tres nos veíamos abocados al caer en la cuenta de que los bellos momentos evocados ya no regresarían; que las personas que tan importantes habían sido para nosotros ya no estaban. Entonces callábamos, acaso con algún sentimiento de culpa por haber sacado algún tema demasiado dulce, un fruto ya prohibido para nuestros labios; y hasta en el fondo nos lamentábamos por haber reído. Así pasábamos de la luz a las tinieblas, como el sol, que paulatinamente iba descendiendo hacia su ocaso, y con sus últimos rayos parecía llevarse nuestras esperanzas.
-Mañana será un día diferente; ya me encontraré mejor. Entonces podríamos dar ese paseo. Me gustaría que regresáramos a la taberna de Moustache; fue ahí donde cenamos la primera vez. ¿Recuerdas, cariño? Sería hermoso volver ahí; creo que nos ayudaría a recuperar la ilusión.
-Tesoro, Moustache murió en la guerra.
Cómo no. Habría sido demasiado bueno que aquel hombre buenachón hubiera sobrevivido. Y su fallecimiento, además, sentía que me hacía hervir la sangre. Me recorrió un escalofrío. Por el mismo motivo que su antro significaba tanto para mí, su desaparición me hundía. Y entonces me miraba y no me reconocía. ¿Qué era lo que me pasaba? Yo antes no era tan emocional; el mundo prácticamente no me afectaba. Pero ahora me sentía frágil.
-La taberna permanece en pie, pero está cerrada.
-Bien -repuse, compungida-, pues al menos me gustaría pasar por delante y verla.
-Sí, claro. Lo siento mucho, mi vida. Moustache fue reclutado forzosamente, como todos. Él, que no había hecho otra cosa en su vida que servir copas y reír con la gente.
Así es. Pero no hablemos más de eso, por favor, que me pongo triste. Mañana iremos por ahí; creo que será un bonito homenaje, aunque se me rompa el corazón. Raquel, cariño, vendrás con nosotros, ¿verdad?
-No puedo, cielo. Los alemanes no permiten grupos de más de dos personas, por temor a conspiraciones. Ya has visto que estamos rodeados de gendarmes; y, cuando no son ellos, son germanófilos, que durante la guerra vieron con buenos ojos la entrada del enemigo, y hasta colaboraron con él. Hoy son las nuevas élites del país. Ellos se han apoderado de los despojos de los vencidos. Son los únicos que han ganado algo.
La situación era muy humillante. Sólo podíamos estar juntos en casa; nunca en un lugar público. De ese modo, al menos, podía tener intimidad con mi novio sin sentirme mal por excluir a Raquel; pero ése no era el caso. Si queríamos dar un paseo todos juntos, no podíamos. Así la vida se haría insoportable. No sabía qué hacer. En caso de que alguno de mis amigos nos acogiera, lo más seguro era que en su país tuviéramos el mismo problema, la misma situación asfixiante.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

17-05-2019.

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