EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA, POR FRIEDRICH NIETZSCHE

El nacimiento de la tragedia es la primera obra de Nietzsche, de 1872; y, debido a ello, él mismo la criticaría en años posteriores -aunque las razones no he acabado de comprenderlas.

Este libro, en cualquier caso, me ha interesado mucho -a pesar de que años más tarde su autor se retractase de sus tesis-; no ya sólo por sus análisis psicológicos, que lo llevaron a ese misterioso indagar en la psique de los antiguos griegos; sino porque afecta a un tema histórico que me apasiona. Y es que Nietzsche, antes de verse obligado a abandonar su cátedra por sus graves problemas de salud, trabajaba de profesor de filología clásica, disciplina que también cursé yo.

Tuve la suerte de manejar un tomo de las obras completas de Nietzsche que, aunque no fuera con las abundantes y enriquecedoras notas de Andrés Sánchez Pascual, me gustó por su aspecto sentimental; pues es de Ediciones prestigio, Buenos Aires, 1970, con subrayados de mi padre, en los cuales me basé para seleccionar los pasajes.

Mucho habremos ganado para la ciencia estética si llegamos no solamente a la aprehensión lógica, sino a la intuición inmediata del concepto de que la evolución del arte está ligada a la dualidad de lo apolíneo y lo dionisíaco… A sus dos divinidades del arte, Apolo y Dionisos, se liga nuestra comprensión de que en el mundo griego existe un contraste tremendo, en origen y fines, entre el arte plástico, apolíneo, de un lado, y el arte no plástico de la música, el de Dionisos, del otro;

Para formarnos cabal idea de estos impulsos, los concebiremos por lo pronto como los mundos artísticos separados entre sí del sueño y la embriaguez, fenómenos fisiológicos entre los cuales media un contraste análogo al que existe entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

… Y tal vez más de uno se acuerde, como yo, que alguna vez, en medio de las peligrosidades y terrores del sueño, dijo para sus adentros, para alentarse a sí mismo, y cobrando aliento en efecto: “¡Pero si no es más que un sueño! ¡Voy a seguir soñando!” Lo cierto es que se me ha hablado de personas capaces de continuar durante tres, y más noches consecutivas, la causalidad de un mismo sueño; lo cual demuestra en forma concluyente que nuestro más íntimo ser, el fondo común a todos los mortales, experimenta los sueños con hondo placer y como una alborozada necesidad.

Esa alborozada necesidad de la experiencia del sueño ha sido expresada asimismo por los griegos en su Apolo; éste, en su carácter de dios de todas las fuerzas plásticas, es al mismo tiempo el dios que vaticina el futuro. Él, que en su significación primaria es la divinidad de la luz engañosa, señorea también en la bella apariencia del imaginario mundo interior.

…Rezará así para Apolo, en un sentido excéntrico, lo que Schopenhauer dice del hombre envuelto en el velo de la Maia (El mundo como voluntad y representación, I, pág 416): “Así como en pleno mar embravecido que, infinito por todos lados, levanta y hunde, rugiendo, montañas de agua se halla en una barca un navegante  confiado en su frágil embarcación, se halla en pleno mundo de tormentos, sereno, el individuo, confiado del principii individuationis.” Hasta cabe decir, respecto de Apolo, que en la confianza inquebrantable en aquel principium y la calma serena del que en el mismo reposa han hallado su expresión más sublime, y se quisiera hasta señalar a Apolo como el espléndido ídolo del principi individuationis cuyos gestos y miradas trasuntan todo el goce y la sabiduría toda en la “apariencia”, amén de su belleza.

En ese mismo pasaje, Schopenhauer nos ha descrito el tremendo pavor que asalta al hombre cuando de pronto llega a dudar de las formas cognoscitivas de la apariencia al parecer sobrevenir una ruptura del principio de la razón, en alguna de sus modalidades. Si agregamos a este pavor el éxtasis gozoso que esta misma ruptura del principi individuationis hace surgir de lo más profundo del hombre, y aún de la Naturaleza, tenemos un atisbo de la esencia de lo dionisíaco, cuya comprensión nos es facilitada ante todo por la analogía de la embriaguez. Ya bajo la influencia de la bebida narcótica, de la cual hablan en himnos todos los hombres y pueblos primitivos, ya a raíz de la tremenda proximidad de la primavera que hace estremecer con gozo a la Naturaleza toda, despiértanse esos impulsos dionisíacos en cuya exaltación se funde lo subjetivo con un total olvido de sí mismo.

15-05-2019/20-05-2019.

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