UNA NUEVA ETAPA (CCCXXVII)

La inminente llegada de Tania sirvió para acllar aquella discusión.
Mi argumento en contra de aquella mujer ambiciosa, que en su día me hizo salir del aula dando un portazo, al terminar una exposición, encolerizada y con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas por la rabia, creía que surtiría su efecto. Y es que, cuando me enteré de aquella inesperada amistad, para mis adentros fue toda una hostia. Pero, al mismo tiempo, sabía que no podía enfadarme. No sólo porque aquellas dos personas fueran prácticamente las dos únicas que me quedaban; sino porque, aunque yo no me hubiera acostado con esa mujer, como burlonamente sugiriera Raquel para refutar mi argumento, sí que lo había hecho con otra. No podían ni sospechar siquiera que me hubiera atrevido a tal cosa; y yo, en realidad, después del desliz con Luis me había prometido no volver a caer en aquello. Pero era como si de repente mi naturaleza más salvaje, aquélla que me había acompañado durante los años de instituto, resurgiera, impulsada por los acontecimientos, y pugnara con mi otra yo por ver cuál de las dos dominaba; y en ocasiones creía que aquella pugna me desgarraba.
-¿Entonces ya se han visto ¿Y qué tal? ¿No han saltado chispas?
-No sé. Me ha parecido que Laura estaba un poco tensa, pero todo bien.
-No. A ver: yo he contestado bien, normal. No le he dado dos besos ni me he puesto a saltar y a gritar como una loca, porque el recuerdo que tenía de ella no era especialmente bueno. De hecho, ella tampoco lo ha hecho. Y he estado seria, igual que ella, pero le he respondido con naturalidad.
-De hecho, le pedí que se pasara porque creí que sería mejor para que hablárais. Aquí, en privado, con calma, todo puede fluir.
-No, si por mí bien. Ya os digo, que yo la voy a escuchar y voy a darle una oportunidad. Es sólo que no podéis esperar de mí un trato efusivo, porque no me nace; nunca he sido así. A mí, para hacer esas cosas, hace falta que me nazca; y, para eso, la otra persona tiene que ganarse mi confianza.
Raquel se había metido en la ducha. La veía hacer las cosas de una manera mecánica. Me preguntaba si oía nuestras voces y seguía nuestra conversación, aunque no lo parecía. Estaba, más bien, abstraída. Era obvio que la noticia que había recibido le había impactado. Volver a ver al hombre del que había estado tan enamorada, con el que había perdido la virginidad, con el que había pasado tantos años y que de repente había decidido terminar con ella… La vi tan consternada, que por unos momentos me sentí culpable por haberla presionado para reunirse con él; incluso el mero hecho de mentar tal posibilidad parecía excesivo. Nunca hubiera creído que pudiera afectarle tanto, que tuviera una sensibilidad tan exacerbada. De hecho, estaba tan ensimismada, que cuando salió del baño iba completamente desnuda, sin una toalla siquiera. Gabi se quedó atónito.
-¿De verdad sigues creyendo que ir a Bruselas es una opción viable?
-Gabi, tesoro, ¿qué querías que hiciera? ¿Cuándo has visto a alguien comportarse así? De ninguna manera pensaba que se lo iba a tomar tan a pecho. Nos hace falta el dinero. No contaba con ese correo, pero lo he recibido; y he pensado que era una buena oportunidad. Pero, si no tengo más opción que ponerme a trabajar en un supermercado, lo haré. No quiero que le cueste la salud.
Entonces recibí la respuesta de Hanna. Pero no tuve tiempo de leerla. Al momento llegó Tania.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

22-05-2019.

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