UNA NUEVA ETAPA (CCCXXVIII)

-Hola, Tania. Pasa.
Gabi abrió la puerta. Tania entró con un aire decidido y desenvuelto; creo que no habría hecho falta que mi chico le dijera nada. Saltaba a la vista que no era la primera vez que estaba ahí. Llevaba el pelo recogido, con un cierto toque señorital que no le conociera en los años anteriores. Era como si se esforzase por aparentar lo que no era; como si tratara de encumbrarse hasta la posición que por derecho divino le tocaba en la sociedad, aunque los distintos avatares terrestres la hubieran derrumbado de su pedestaal para ponerla a la altura de los humanos.
Aunque vestía con forzada sencillez, trataba de engalanarse; sus movimientos delataban la soberbia de su carácter. Esos pantalones veig de fina tela, acompañados por una blusa blanca con transparencias y zapatos planos, me comunicaban que la mujer que había conocido en la carrera no había cambiado tanto como me habían dicho; y me sorprendía que Gabi y Raquel tuvieran opinión diferente de la mía. Supuse que las desgracias de la guerra habían influido en su criterio. La otra estaba de pie, con una bandeja cubierta con papel de regalo y un lazo anudado, que sostenia con ambas manos.
-Ahora sale Raquel; está acabando de arreglarse. ¿Qué llevas ahí?
-Me dijiste que se os habían acabado las pastas; así que os he traído más.
-Muchas gracias. No hacía falta que te molestaras.
-No ha sido ninguna molestia.
De nuevo esa sonrisa tan falsa. Nada en aquella mujer me era nuevo; todo era idéntico a cuanto había conocido. Y me dije entonces que su atuendo escondía algo más; que no era sólo el deseo de querer exhibirse; que quería que precisamente yo la viera así; restregarme por la cara lo aborrecible que seguía siendo y que, pese a ello, había conseguido incrustarse en mi vida.
Cuando Raquel salió de su cuarto, volvió a dejarme perpleja. Si la bruja arpía que había venido a casa iba tan arreglada como podía, mi amiga no desmerecía en encantos; para una velada entre amigos se había vestido de una manera que para nada me esperaba. Entonces me planteé si acaso existía una secreta rivalidad con Tania; una rivalidad que en el fondo fuera la única cosa que sostenía aquella amistad; lo que le daba un poco de sentido, de sabor. Y, al mismo tiempo, me preguntaba qué había sido de aquella Raquel compungida y ensimismada que hacía apenas unos minutos se había paseado por casa desnuda y había hecho que a mi novio se le desorbitaran los ojos. ¿Tan rápidamente había recuperado la cordura? ¿De verdad volvía a ser ella misma? ¿Podía volver a ser ella misma una criatura tan angelical y tierna como la que había conocido, que ahora actuaba de semejante manera? Había demasiadas piezas que no me encajaban en todo aquello.
-¿Gabi, cariño, te encargas tú del té?
-Sí, claro.
-¿Té? ¡Ya parecemos ingleses! ¡Cualquiera diría que los alemanes han ganado la guerra! ¡Y además con pastas! ¡Si se enteraran, nos deportarían a un campo de concentración!
El lenguaje cómplice de Raquel hacia Gabi y aqueella confianza se me hacía un poco chocante; parecían haber intimado durante mi ausencia; pero me pareció natural, dadas las circunstancias. Pero el tono de superioridad, esa risita burlona y estúpida de Tania, me crispaban. No estaba segura de poder aguantar aquella tarde.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

24-05-2019.

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