EL CONEJITO (I)

Siempre había aborrecido esos momentos vacíos, cuando después de comer debía esperar media hora antes de empezar la primera clase de la tarde. Por suerte, pocas veces se daba una situación así; a menudo estaba acompañado por algún amigo con quien amenizaba el lento transcurrir del tiempo.

Mas no siempre sucedía de ese modo. Había ocasiones en que comía solo; y, cuando terminaba, no sabía en qué emplear los pocos minutos que le quedaban de libertad. ¿En estudiar? ¿En leer? Era absurdo; no tenía tiempo suficiente para concentrarse.

Se dirigió a los ordenadores de la biblioteca de la universidad, pensativo. Quizá podría curiosear algún dato interesante por la red. Pero no. Ni tan siquiera tenía cuenta de libro facial; detestaba las redes sociales; las tenía como algo superficial, como un engaño, cuyo principal objetivo era adormecer las mentes débiles.

Pero entonces recordó la dirección de una página de contactos que le había recomendado un amigo, una persona con la que no tenía nada en común, en realidad. Si aquél era un cazador furtivo, un depredador nato, él se tenía por un ser cuanto menos peculiar. Se consideraba heterosexual; le encantaban las mujeres; pero para nada se consideraba un macho alfa. ¿Cuál sería la letra del alfabeto griego que convencionalmente le correspondía? ¿Una beta? ¿Una gamma? Nunca había entrado en una de esas páginas; y su virginidad tardía daba buen testimonio de ello, fruto de su timidez enfermiza a hablar con las mujeres. En cualquier caso, era hombre; y, como tal, sabía cómo pensaban y cómo actuaban los varones; en especial los que, como su amigo, frecuentaban esa clase de portales. Hacia ellos sentía un enorme desprecio. Le avergonzaba compartir el mismo sexo que seres tan superficiales; e incluso se sentía mal por estar en esa página, aunque no fuera para dejarse arrastrar por los instintos. Pero entonces ideó un divertido plan; una burla que sería, a su vez, una especie de experimento sociólogico, cuyo objeto era corroborar su teoría de que los hombres que entraban en semejante portal eran subnormales.

Abrió la página que decía solteros más de 30. Aún le faltaban diez años para llegar a esa edad, pero no le importaba; no había ninguna cámara, ningún control; y su intención no era ligar, precisamente; sino hacerse pasar por mujer.

Sabía que lo fundamental era un nombre que encendiera las hormonas de todos aquellos energúmenos que estaban a la otra parte de la pantalla; presentarse como una presa fácil. No tuvo que pensarlo demasiado. Su pseudónimo sería Conejito dulce.

Apenas habían transcurrido diez segundos desde que hiciera su entrada triunfal en el mundo del cibersexo cuando siete de aquellos descerebrados, víctimas que en su risible ingenuidad se creían depredadores, le abrieron conversación. El éxito fue rotundo; un triunfo en toda regla. Sabía que conquistaría a algún patán, pero no que sería más de media docena; y menos que sería en tan poco tiempo. ¿Estaría entre esos idiotas su amigo? Era imposible saberlo; pero la idea de que le estuviera provocando una erección por un simple mote hacía que se regocijara. Y ahora debía mantener siete pláticas. No daría abasto.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

07/07/2019.

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