EL CONEJITO (III)

Aquel remordimiento, sin embargo, desapareció pronto. No tenía el porqué de sentirse mal; no había hecho nada malo. Todos aquellos hombres frecuentaban esa página como si fueran depredadores buscando una presa; y todos los que le habían abierto conversación habían tenido un tono descaradamente atrevido; desde el principio se habían lanzado a hacerte preguntas muy íntimas; ninguno había tenido interés en conocerla, realmente. Aún suerte que no le habían preguntado por la talla del sujetador, por ejemplo. ¿Qué les habría contestado? Bueno… No importaba. Habría salido airosa con cualquier respuesta; ellos asentirían y seguirían babeando por ella. Y en cuanto al séptimo, tampoco por ése debía sentir contemplación alguna; también él había sido tan cerdo como los demás. Y, sí al final se había mostrado más tierno, era porque había comprendido que la pena era una buena estrategia de seducción; que, si trataba con una mujer ingenua y dulce, debía ganársela con la lástima; destruir todas sus defensas con lágrimas, sí hacía falta. Pero todo era una farsa. Además, aquellos hombres en el fondo tenían que estarle agradecidos porque les hubiera provocado aquellas erecciones y haberles estimulado la fantasía. Lo suyo, en el fondo, había sido una obra de caridad.

¡Pero no! ¡¿Qué estaba haciendo!? Al momento reaccionó desconcertado, como si despertara de un sueño. ¿Por qué pensaba como mujer? ¿Por qué hacía aquel análisis desde ese punto de vista? ¿Quién había estado coqueteando con esos hombres? ¿Había sido él, realmente? ¿O había sido una mujer? Con rostro perplejo analizó las pláticas mentalizarme; trató de psicoanalizarse. Su proceder, aquella manera de burlarse de esos idiotas, le parecía tan femenino… Se preguntaba si una mujer podría haberlo hecho mejor. ¿Qué era lo que había pasado por su mente? ¿Lo que en verdad quería? De repente se llenó de dudas. Se preguntó hasta qué punto habría descendido su valoración en el alfabeto griego. ¿Una beta? ¿Una gamma? ¡Y una mierda! ¡Una iota como mucho!

Sumido en estas elucubraciones, no se percató del paso del tiempo. Cuando se dio cuenta, hacia ya media hora que había empezado la clase de Relaciones internacionales. Era una asignatura que le apasionaba, a pesar de que la profesora fuera estricta y una monárquica convencida; en una ocasión, de hecho, había reaccionado de manera estúpida delante de toda la clase cuando él se refiriera a la monarquía como una institución antidemocrática por definición; pues el cargo era de forma vitalicia y se adquiría como premio a los polvos de los progenitores.

Pero ahora no podía ocuparse de esa clase de relaciones; había otras que le interesaban más; otras que le afectaban de una manera mucho más directa. Pero, sí no asistía a la primera clase de la asignatura, al menos quería ir a la segunda.

Se levantó y se dirigió con calma al aulario, mientras pensaba en lo bien que le quedarían unos botines de cuero con un poco de tacón; le harían parecer más alta y le ayudarían a moldear el trasero y a estilizar la silueta.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

11/07/2019.

4 comentarios en “EL CONEJITO (III)

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