LARGAS TARDES DE INVIERNO

Escrito basado en la infancia presentado a reto del grupo Lectores y artesanos literarios, de Andrea Gastelum.

Su mirada triste, soñadora, estaba fija frente al televisor, donde el coyote hacía repetidos y frustrados esfuerzos por cazar al Correcaminos. Alguna tímida mueca se dibujaba en su pequeña boca; algo parecido a una débil y sorda sonrisa. Tan sólo diez años, y se sentía tan solo, tan abandonado. No alcanzaba a entender que los demás niños se burlaran de él; que lo dejaran aislado en el patio de la escuela, que no le dirigieran la palabra. Tan joven y ya conocía la crueldad de la vida; que un niño enfermizo es apartado, despreciado.

Pasaba largas horas frente a los dibujos, a la espera de que su padre o su hermano se acercaran y le dieran alguna muestra de cariño. Se tapaba con la falda de la mesa camilla, tiritando de frío, y pasaba así las largas tardes de invierno, cuando la temprana noche lo dejaba en la penumbra. A pesar de todo, sin embargo, su espíritu juvenil ardía con la esperanza de que algún día su aflicción quedaría atrás; que, cuando iniciara el instituto, se ganaría el afecto de sus compañeros al comenzar una nueva etapa.

Llegó la secundaria; mas sus planes volvieron a frustrarse. La adolescencia trajo consigo deseos y anhelos que murieron apenas después de nacer. A menudo regresaba a casa con el rostro empapado en lágrimas, angustiado. Un pedazo de tiza que había sido empleado como proyectil, una zancadilla, el típico acoso de sus compañeros cada vez que iba al cuarto de baño… Le invadió el pánico. Asistía a clase aterrado; sólo pensaba en dejar los estudios; en desaparecer. De nuevo la televisión frente a él, durante los descansos que se concedía en las largas tardes de estudio; de nuevo la falda de mesa camilla para protegerse del frío; de nuevo esas noches tempranas, que traían consigo una cada vez mayor nostalgia, ahora aderezada por un café humeante. Era su único consuelo; su único momento de plenitud; cuando su mente se sumergía en sus reflexiones durante unos pocos minutos, en busca de unas respuestas que nunca llegaban.

Con mucho esfuerzo consiguió cerrar esa etapa de su vida, la más dura. Aún le quedaba un resquicio de esperanza. Volvía a huir; otra vez. Quizá sería la última oportunidad. Pasaban los años; había comenzado a usar lentes para combatir la miopía. Ya había desaparecido el acoso; había iniciado otro mundo, con personas adultas y responsables. Pero su espíritu se sentía agotado, oxidado, anulado, incapaz de recuperar la ilusión de su infancia, incapaz de encajar con la gente. Tuvo que rechazar invitaciones. Miraba esa alegría que le rodeaba como un sueño ya inalcanzable.

De nuevo las tardes las ocupaba en estudiar y en recluirse en sus pensamientos. Ahora la televisión permanecía apagada, como un reducto de ese pasado que le torturaba. Tampoco regresaría el frío, por más que se sucedieran los inviernos con sus largas noches; por más que el café humeante le esperara cada tarde para sorber cada gota; para aspirar su aroma; para oler cada línea y soñar con su alma moribunda.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

22/07/2019.

2 comentarios en “LARGAS TARDES DE INVIERNO

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