UNA NUEVA ETAPA (CCCXLVII)

-¡Increíble! ¡Pobre niña! Fue a varios psicólogos, y ninguno pudo ayudarle. ¡Cómo se puede ser tan hijo de puta! ¡Le destrozaron la vida cuando tan sólo tenía diez años!

Gabi parecía haberse tomado la noticia por lo personal; había empatizado con la chica como si la conociera. Tenía el ceño fruncido, los ojos arqueados, con una expresión de dolor en la mirada.

-Cariño, ¿Estás bien -le pregunté-?

-Le destrozaron la vida cuando tan sólo era una niña -repitió-. Se sintió tan hundida, tan desesperada, que decidió acabar con todo; y nada ni nadie pudo salvarla.

Hace falta estar muy desesperado para hacer lo que hizo la pobre Elisabeth -dijo, después de una pausa-; pero también tener una gran seguridad. No es nada fácil dar ese paso. Elegir la muerte va contra el instinto de vida; contra el instinto de supervivencia. La pequeña Elisabeth tuvo el valor y la sensatez que a mí me faltaron.

-¡Gabi! ¡No empieces de nuevo! ¡Me pone nerviosa oírte hablar así!

Eran raras las ocasiones en que le llamaba por su nombre; solía dirigirme a él con un apelativo cariñoso. Cuando no era así, era porque me había hecho perder los nervios.

-Pero, cariño, es que es verdad. Yo lo he pasado fatal; me he sentido anulado; he sufrido acoso escolar; y, cuando he querido tomar las riendas, nunca he sabido hacerlo; siempre me ha faltado carácter. En el instituto quise dejar los estudios, y mis padres me lo impidieron, a pesar del temor con que asistía a clase, de la angustia que me embargaba; a pesar de que todos los días llegara a casa con la cara llena de lágrimas. Llegué a creer que en realidad no les importaba a mis padres, por hacerme pasar por todo eso. Lo único que se les ocurrió fue llevarme con una psicóloga; pero eso era absurdo. La psicóloga sólo me servía para desahogarme; para contarle los abusos que sufría. Pero los malos tratos no desaparecían por eso. Y, por mal que me encontrara, por incomprendido que me sintiera, nunca tuve el valor que tuvo esa niña. A lo más que llegué fue a un tímido abandono en las comidas, insuficiente para dejarme morir. En cuanto sufría un leve desmayo, hacía lo posible por recuperarme.

-¡¿Pero a qué viene eso ahora, Gabi!? ¡Ahora estás conmigo! ¡¿Es que no significo nada para ti!? ¡¿Por qué te pones en un tono tan deprimente ahora!?

-Cálmate, cariño, por favor. Tú no lo entiendes. Lamento mucho si te he molestado; pero hace falta haber pasado por lo que yo he pasado para comprenderme. Una depresión aguda es como una lesión mal curada, sobre todo si se da en la infancia; siempre deja secuelas; y las secuelas salen a flote cada cierto tiempo. Soy muy feliz contigo; pero tú has tenido una infancia y una adolescencia normales; yo, no. Por eso el caso de Elisabeth me ha afectado tanto; porque yo soy ella; sólo que yo no tuve el valor; sólo que a mí no me violaron tres veces. Pero mi vida siempre ha estado así de apagada, como los ojos de esas fotografías.

Sendas lágrimas le caían por las mejillas.

Aquella escena debió advertirme ya de lo que sucedería más adelante, pero no supe calibrar el peso de la situación. Únicamente decidí callar, como Raquel, que le miraba compungida, y respetar su luto.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

03/08/2019.

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