UNA NUEVA ETAPA (CCCXLVIII)

La pequeña Elisabeth lo pasó muy mal; tanto, que había decidido terminar con su vida. Y ahora, una vez muerta, había hecho revivir todos los fantasmas de mi chico. Acabé por pedirle perdón por mi reacción tan brusca; él, como era de esperar, hizo como si nada hubiera ocurrido. Sabía que no me culpaba por haber sido de aquella manera; pero temía que, por contra, descargara sobre sí el dolor. Casi habría preferido que se enfadara; que se violentara y me dijera que había sido injusta; que no tenía derecho a tratarle así. Pero no. Su baja autoestima le impedía defenderse y tener una palabra de más conmigo.

 

Entonces volvía a pensar en Luis; en la diferencia con la templanza y la seguridad de mi ángel caído. No sé si mi proceder era justo. En cualquier caso, no siempre se puede controlar la mente; y una no es de piedra; ha de desviar los pensamientos hacia sus propias preocupaciones. Y ahí, con la gran diferencia que había entre la ternura de Gabi, rodeada por sus inseguridades, y la firmeza arrogante de Luis, se dibujaba mi perenne dilema.

 

Dos días más tarde del referido incidente recibimos los pasaportes. Tuvimos que firmar unos documentos, por medio de los cuales nos comprometíamos a que en lo sucesivo se nos retuviera un tercio del salario, hasta que hubiéramos cubierto los gastos que suponían todos los trámites, en aquellos empleos que adquiriéramos. No teníamos más opción; no disponíamos de dinero suficiente para pagar al contado. Por otra parte, la nueva medida, implantada desde Berlín, obedecía a una especie de comunismo de Estado; y ofrecía posibilidades muy ventajosas. Permitía vivir con bastante desahogo; y el Estado no cobraba intereses; y, en caso de no conseguir el empleo, éste quedaba sustituido por servicios a la comunidad; de modo que el individuo era retribuido en todo momento; y se evitaba la carestía. La nueva normativa contentó a las capas más bajas, las masas, que ocupaban el grueso de la población; y entonces todos los posibles grupos de resistencia al Reich se extinguían por voluntad propia; se percataban de que el imperio extranjero les daba unas seguridades y unas comodidades que no les ofrecía su propia patria.

 

Conseguí imponer mi voluntad y evité que Tania nos acompañara. Ello me hizo adquirir una posición autoritaria; despótica, más bien. Pero sabía que era la mejor opción. La harpía habría tratado de hundirme. Además, Gabi y Raquel tenían una amistad muy intensa; sabía que mi novio no se sentiría desamparado con ela.

 

La noche que salimos nos esperamos hasta bien entrada la madrugada. Con anterioridad le había rogado a Raque que fuera exquisitamente amable con Tania, más de lo normal, hasta el punto de que la invitara a quedarse a dormir con nosotros durante una semana entera. Me costó vencer los escrúpulos de mi amiga, que sentía que traicionaba a la otra; pero fue el único método que se me ocurrió; y nno podía ser yo quien invitara a la harpía. Sabía que, por bien que tratara de llevarme con ella, no la tragaba. Habría cantado mucho que le ofreciera nuestra casa.

 

El plan no era matemático; en absoluto. Fue algo meramente improvisado. La idea era tan simple como sacarla de su casa hasta agotarla; y que fuera ella misma quien, sin levantar sospechas, nos pidiera pasar una noche en su domicilio. Pero bastaba que la noche del vuelo quisiera pasarla con nosotros para que el plan se frustrara. Me arriesgué mucho.

 

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

04/08/2019

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