UNA NUEVA ETAPA (CCCXLIX)

Aquella madrugada de finales de julio era calurosa; no soplaba el viento. Incluso salir de noche se hacía complicado; y más teniendo que cargar con las maletas. Eso ayuda a explicar el comportamiento arisco de la pareja de gendarmes que nos detuvieron para inspeccionar el equipaje. Si por naturaleza eran arrogantes, tener que estar de guardia con aquellos uniformes los convertía en seres aún más susceptibles. Y aún suerte que salimos de casa con tiempo, en previsión de posibles incidentes como aquél, que nos retuvo media hora en la calle. La seguridad era exagerada. No bastaba que tuviéramos los pasaportes en regla; ni que la delegación del Reich hubiera redactado un informe favorable. Las suspicacias de la Gestapo eran enfermizas.

Un taxi nos dejó en el aeropuerto a las 7, una hora antes de que saliera el vuelo. Me sorprendió observar que en los paneles había un gran desfase entre los destinos de salida y los de llegada. Eran mayoría los que abandonaban nuestro país; y, de éstos, todos marchaban a las grandes capitales alemanas; Munich, Colonia, Bonn, Dresde, Weimar, Berlín… Era el gran éxodo, que aglomeraría aún más al imperio, llenándolo de millones de personas; de millones de pared de brazos dispuestos a trabajar por una miseria; de millones de bocas que se morían de hambre; de millones de manos de obra barata. Mientras que el resto de los Estados, con todos los proyectos sociales destinados a mejorar su situación y a abortar las insurrecciones antes de que nacieran, se convertían en periferia y se despoblaban paulatinamente. Sus habitantes preferían emigrar en busca de lo seguro; o de lo que ellos consideraban seguro, al menos, ignorando que millones de personas emprenderían el mismo destino; y que la consecuencia inmediata sería que se frustrarían sus sueños.

Algunos pasajeros dormitaban en los asientos de la sala de espera, apurando los últimos minutos de sueño; otros acudían a los bares y se gastaban cientos de krups en beberse unas inmensas tazas de un brebaje que decía ser café, pero que estaba mayormente descafeinado, incapaz de quitar el sueño a nadie; otros, los más, sin tanto poder adquisitivo, se resignaban a pasearse con un café comprado en una de las máquinas del aeropuerto, mucho más baratos, aunque también sangrantes. Y el brebaje, además, estaba asqueroso; sabía a agua sucia. Y, por si fuera poco, estaba hirviendo, algo horrible con aquel calor.

Luego estaban las largas colas para facturar el equipaje y la desesperación de algunos al comprobar que superaban el límite; deberían pagar cien krups por cada kilo de más. Demasiados krups para su bolsillo. Muchos tenían que hacerse a un lado y seleccionar los bienes más importantes; sacrificar parte de sus pertenencias y volver a pesar las maletas, para ver si se ajustaban a los límites. Vimos dos chicas que se afanaban en cambiar la ropa de orden, como si con ello pudieran disminuir el peso. Lo que les sobraba de ropa les faltaba de sentido común. Entonces valoré mejor nuestra estatura mediana, que nos había permitido agrupar un equipaje suficiente para los tres en tres maletas que pasarían los controles sin las complicaciones de otras personas.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

06/08/2019.

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