UNA NUEVA ETAPA (CCCLI)

En la salida nos amontonamos cientos de pasajeros de varios aviones para recoger los equipajes; observábamos con atención la cinta, teniendo que alguna maleta se hubiera extraviado, con una ansiedad contenida. Y, junto a nuestro desconcierto, el de los demás, también recién llegados al país; también temerosos por lo que les esperaba. La sala se descongestionaba lentamente, mientras crecían los nervios de los que permanecíamos junto a la máquina. Aunque sea mínimo, siempre existe el riesgo de perder las pertenencias en un vuelo; y más, cuando se trata de una época tan convulsa, con tanta pobreza y con tantos desplazamientos.

Mas, por suerte, no tuvimos problemas. Y, aunque de los últimos, pudimos salir con el equipaje.

Hanna nos esperaba. Me dio un fuerte abrazo, cargado de sentimiento. Los escasos tres meses transcurridos desde nuestra separación parecían haberle ido bien.ñ, contrariamente a lo que nos había pasado a la mayoría. Su larga melena le caía con mayor vigor; sus rizos se alborotaban entorno a sus mejillas con coquetería; sus ojos relampagueaban mientras me examinaba; e incluso creí notarle los pechos más turgentes que en nuestras noches de pasión. ¿Aquel buen aspecto era el resultado de una época de bonanza? ¿Pertenecía a una clase de por sí acomodada? ¿Se había puesto tan guapa para mí? Estas preguntas me cruzaron durante unos segundos. Vestía unos pantalones negros muy ceñidos, que le marcaban las caderas y mareaban a todos los hombres; incluso Gabi no pudo evitar una mirada admirativa. Acompañándolos, una blusa blanca donde se insinuaban los prominentes senos a través de un generoso escote; hasta se le reconocían los pezones. No necesitaba que me lo dijera para adivinar que se había puesto así para mí. Y la verdad es que surtió su efecto. Mi lado salvaje volvió a activarse; rememoré fugazmente las noches de marras. Hice lo posible por disimular la excitación, pero no me privé de besarle el cuello. Ella sabía lo que significaba.

-¡Hola, cariño! ¡Cuánto tiempo! ¡Habéis tardado mucho!

-No ha sido fácil; ya te lo podrás imaginar. Pero menos mal que ya estamos aquí. Un poco más y nos morimos de hambre.

-Pobrecita mía. Tranquila. Aquí os sentiréis como en casa; no os faltará de nada.

-Muchas gracias, Hanna. Se nota que te va bien; estás estupenda.

-Muchas gracias, tesoro. La verdad es que no me puedo quejar. La guerra ha sido favorable a mi país; y eso me permite vivir con desahogo. Y espero que vosotros también podáis hacerlo.

-Eso espero. Pero ahora lo que más queremos es descansar un poco. No hemos dormido nada en toda la noche. Ya te explicaremos.

Ya fuera del aeropuerto nos recibió un cielo nublado. La temperatura ahí en pleno mes de agosto era mucho más soportable que en mi tierra; poco más de 20 grados. Ya sólo por eso valía la pena el viaje, aunque nos sintiéramos muertos de sueño. La gente, acaso fuera por el clima, parecía muy diferente; la mayoría caminaba de prisa, como en mi país, pero con la mirada altiva y con un rostro que se me antojaba antipático; eran como perros rabiosos que estuvieran a punto de atacar. Sentí que nos observaban; y en sus pupilas leí odio y desdén.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

11/08/2019.

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