UNA NUEVA ETAPA (CCCLII)

-¿Ocurre algo? Detecto que no somos bien recibidos.

-No todo es bueno en Alemania, Laura. Tenemos un clima apacible y un nivel de vida cómodo; pero algunos sectores empiezan a resentirse. Hay mucha inmigración, como has podido observar; no sólo de tu país, sino del resto de Europa, en busca de un trabajo que no tienen en sus patrias de origen. Tanto es así, que hay barrios en Berlín habitados sólo por gente de una determinada provincia; de una Nación, es decir. Son como ghettos. En parte por eso te dije que aquí os sentirías como en casa; porque podéis hablar en vuestro idioma sin problemas. Lo malo es que ello se ha traducido en brotes de xenofobia. Mucha gente se siente incómoda con tanto extranjero por la calle; les molesta oír tanta variedad de lenguas y ver cómo cada vez les cuesta más escuchar alemán. Además, como te podrás imaginar, los extranjeros están muy necesitados, y trabajan por salarios más bajos. Para no perder sus empleos, muchos alemanes han tenido que tolerar bajarse el sueldo.

-¡Pero bueno! ¡¿Tendremos nosotros la culpa!? ¡Si Alemania no hubiera devastado nuestros pueblos, no habríamos tenido que emigrar! ¡El emigrante nunca abandona su tierra por gusto!

-Lo sé, cariño. Pero eso no tienes que decírmelo a mí. En todo caso, deberías decírselo a ellos; y dudo que te escucharan. Hay ya muchas voces clamando por que se cierren las fronteras; y el gobierno, sometido a tanta presión, podría ceder en cualquier momento.

-¿Y cómo reaccionarían los inmigrantes que ya están dentro?

-Eso es lo que le frena por ahora; la duda. Son muchos grupos étnicos; pero, si se unieran, tal vez sobrepasarían la población germana. No votan, pero tienen hambre; y alguien hambriento es peligroso. Si ven que otros nacionales se quedan fuera, pueden actuar con un arrebato de solidaridad, unido al resentimiento por el daño sufrido. Los alemanes están muy asustados. Saben que los extranjeros no tienen una voz; pero temen que algún día la tengan.

-¿Y tú? ¿Tú no tienes miedo?

-¿Lo dices en serio, Laura? He estado en Kenia; éramos treinta nacionalidades; te cogí un gran aprecio y te dije que estaría encantada de que vinierais. En absoluto temo por eso. No formo parte de ese grupo de descerebrados que no saben ver más allá de lo que tienen delante de sus narices, sin pararse a pensar crítica y analíticamente por qué ocurren las cosas. De hecho, al ir con vosotros por la calle y hablar en inglés me expongo; doy a entender que estoy de vuestro lado.

No sé por qué hice aquella pregunta. Desde luego, la tensión, el sueño y la pérdida de seres queridos me habían afectado. Pero Hanna tenía mucha empatía; comprendió la situación y olvidó pronto mi comentario. Además, sabía cuánto la había apoyado en Nairobi, y todo lo que habíamos gozado juntas durante el último mes. Todo eso habría dejado una profunda huella en ambas.

Las calles de Berlín eran muy frondosas. Pasamos por anchas avenidas repletas de vegetación; los edificios, con gruesas paredes de ladrillo, a menudo estaban adornados por plantas que se enredaban y trepaban por los muros y los cubrían de verde. Todo, gracias a unas lluvias que eran especialmente abundantes en otoño e invierno, cuando las temperaturas bajaban de los cero grados. Cuando Hanna me advirtió del dato, al principio me asusté; pero después deseé que llegaran esos meses tan gélidos.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

12/08/2019.

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