UNA NUEVA ETAPA (CCCLIII)

El taxi nos dejó en una ancha avenida, en el centro de la ciudad, conocida como Goethe Strasse, frente al Reichtag y el Bunderstag, dos edificios de color crema que se alzaban majestuosos, protegidos ambos por rejas acabadas en punta, en el primero de los cuales se alojaba aquel sujeto simpático de barba cana que tenía aterrorizada a Europa; mientras en el segundo tenían lugar a diario las intrincadas sesiones del parlamento, formado por 300 diputados de los 18 Estados. Aquella misma tarde, según me dijo Hanna, se esperaba un debate apasionante, que culminaría en la votación para reintegrar a Alsacia y Lorena como Estados de pleno derecho; y aún había políticos austriacos que clamaban por la asimilación, en aras de su origen germano. Todo hacia pensar que el núcleo del imperio se extendería hasta los 21 pueblos; mas ello implicaría, a su vez, una revisión de la distribución de fuerzas y un aumento del número de parlamentarios.

A pesar del cansancio, aquella tarde dormí poco; no más de media hora. Cuando me levanté, Gabi y Raquel seguían acostados. Aunque tampoco sabría decir si fue tan sólo efecto de los nervios; o si, más bien, buscaba estar a solas con mi amiga.

La casa de Hanna, ajardinada, con vistas hacia los palacios de gobierno y un fondo de grandes montañas, disponía de cinco habitaciones, todas ellas decoradas con muebles de madera de pino y con figurillas de cerámica que reposaban sobre estanterías. En el espacioso comedor había un cómodo sofá de color beige en forma de concha, con capacidad para cinco personas, delante del cual había una mesa alta con un televisor enfrente. Las paredes, de un rosa pálido, estaban estucadas; de ellas pendían cuadros de Monet, de Van Gogh y de algún otro pintor que desconocía, y un reloj que marcaba la hora en números romanos. La vivienda se me antojaba lujosa; y era toda de mi amiga, que había vivido a sus anchas hasta nuestra llegada.

En la sala precisamente fue donde hallé a Hanna. Estaba recostada en el sofá, con el Fausto de Goethe; apoyaba los pies con delicadeza en un extremo, mientras la cabeza descansaba en la pared. Sujetaba el libro con la izquierda. Se incorporó en cuanto me vio.

-Has dormido poco. Me dijiste que estabas agotada.

-Sí; y lo estoy. Pero siempre me ha costado dormir de día. Con lo poco que he descansado, creo que aguantaré hasta la noche.

-Me alegro mucho de volver a verte. ¿Te lo había dicho ya?

-Me lo has dicho de todos los modos posibles; con palabras y con esa blusa tan atrevida.

¿De verdad crees que Gabi no se va a enterar? En Nairobi así me lo dijiste; pero entonces no sabíamos que volveríamos a vernos. Y ahora, el primer día me recibes y me enseñas las tetas frente a mi novio. ¿Cómo voy a contenerme si me provocas?

-¿Te provoco? ¿Te enciendes?

-Hanna, cariño, no me lo pongas difícil, por favor. Son muchas cosas las que pasan por mi cabeza; y lo último que quiero es hacerle daño a Gabi.

-Tranquila, tesoro; no te pondré en la tesitura de tener que elegir. Somos amigas.

Me abrazó mientras me hablaba con su voz dulce y calmada, sensual. Su cuerpo se apretaba contra el mío; podía sentir el suave tacto de su pecho; el calor de su aliento en mi nuca; el placer de su beso en mi cuello.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

13/08/2019.

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