UNA NUEVA ETAPA (CCCLIV)

Era difícil que Hanna me viera sólo como una amiga, del mismo modo que lo era que la viera yo. Si Gabi y Raquel no hubieran estado en el piso, aquel abrazo con el que se unieron nuestros cuerpos habría terminado de manera muy diferente; habría dado lugar a una serie de besos apasionados; nos habríamos quitado la ropa la una a la otra; y ahí, en su sofá, con los ojos de Belcebú observándonos a través del Fausto de Goethe, habríamos hecho el amor.

Pero no estábamos solas. Por eso nos limitamos a abrazarnos y a sentir nuestro calor; a rememorar en silencio aquellas noches tan ardientes; a acariciarnos las melenas. Nunca habría creído que llegara a sentir tanto por otra mujer. Ya no tenía suficiente con el dilema Gabi/Luis; ahora había dado un paso más. No sabía lo que me pasaba.

Nuestros cuerpos se separaron en cuanto oímos pasos. Mi chico y mi amiga, ya descansados, se unieron a nosotros.

-¿Habéis dormido bien?

-Sí. ¿Y tú -me respondió Raquel-? Te has levantado pronto, ¿No?

-Me sentía inquieta. Además, a ver ahora cómo dormís esta noche.

-Descuida -respondió Gabi-. Te aseguro que dormiré. Aún tengo sueño atrasado.

Hanna se había separado de nosotros; había ido a la cocina a preparar café. Cuando regresó, encendió el televisor. Eran las cinco de la tarde; estaba teniendo lugar el acalorado debate en el interior del Bunderstag, a apenas doscientos metros de nuestro piso. Frente a la pantalla, Adolf Stroesser, el canciller, un hombre rechoncho, con la cara sonrosada y apenas unos mechones rubios que le asomaban por las sienes, se afanaba en explicar al resto de parlamentarios las ventajas que tendría para Alemania la reintegración en su territorio de las dos regiones históricas, tan codiciadas en el pasado. No entendíamos lo que decía; teníamos que esperar a que Hanna nos lo tradujera. Pero su gesto serio, con su mirada amenazadora; su manera de hacer aspavientos para ganarse la aprobación de los presentes, me hacían verlo como un hábil demagogo que, si no podía engañar a la Cámara, sí podía embaucar a las masas.

Llegó el turno del líder de la oposición, Heinrich Schmidt, del partido Alemania Libre, DF en sus siglas en alemán. Se trataba de un joven alto y delgado, pero de ideas ultraconservadoras. Defendía las fronteras de aquellos días; argumentaba que los ancestrales anhelos por las dos provincias habían quedado desnaturalizados por el paso del tiempo; que éstas habían pasado ya más de un siglo bajo la órbita francesa; y que ello las convertía en susceptibles de sospechas; que el histórico enemigo podía introducirlas como caballo de Troya para minar el poder de Alemania por dentro y destruir el imperio.

Se oyeron silbidos y abucheos procedentes de distintos puntos del hemiciclo. La presidenta tuvo que llamar al orden para que el ultra continuara. Éste añadió a su argumentación razones logísticas; el poder que habrían de ceder los otros Estados. ¿Dónde acabaría aquello? Preguntaba, en tono irónico. ¿Pretendían resucitar la Liga Hanseática? ¿Reincorporarían Kaliningrado? ¿Las Repúblicas Bálticas? Esos territorios eran parte del pasado; y sus gentes, eslavas, más afines al imperio de Rusia que al de Alemania. Concluyó con una exhortación al sentido común y al rechazo de la anexión de Alsacia y Lorena por la seguridad del Imperio Alemán.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

16/08/2019.

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