UN ASUNTO DOMÉSTICO (I)

Escrito presentado a reto del grupo Lectores y artesanos literarios, de Mar Aranda/Andrea Gastelum.

Acomodado en el mullido diván que dominaba la vasta sala, un hombre de lacia melena y largas barbas se regocijaba contemplando una revista, sujetándola hábilmente con la diestra; la zurda, con vergonzoso descaro, se escondía entre sus piernas. Sus ojos, desorbitados, se asomaban al éxtasis, a la par que se le agitaba la respiración, cuando vio que una sombra se dibujaba en las páginas.

-Ahora no, Matías.

-No soy Matías.

Sobresaltado por aquella voz grave y aquel tono, se incorporó nervioso y volteó sobre sí mismo para cerciorarse de que aquel timbre correspondía a quien él recordaba. Aterrado, observó a un hombre alto y corpulento, de su misma estatura, con una oscura melena que caía en graciosos bucles por sus mejillas, parcamente vestido con una túnica negra.

-¡Lucio! ¡¿Qué haces aquí!?

-¿Así recibes a tu hermano después de un destierro de dos millones de años? ¿Con esa pregunta tan insolente? Apuesto a que esperabas no volver a verme. De haber podido, me habrías matado. Pero tuviste que conformarte con confinarme a las mazmorras.

-¡¿Cómo has salido de ahí!?

La expresión del otro era de pánico y de incredulidad. Su situación, desnudo frente al intruso, acentuaba su inferioridad y su sentimiento de humillación.

-¿De verdad creías que no conseguiría escapar, Yisus? ¿De verdad creías que no volveríamos a vernos? La eternidad es mucho tiempo; y dos millones de años me han bastado.

-¡No tenías derecho a rebelarte!

-¡¿Y quién eres tú para hablar de derecho -exclamó, perdiendo la calma inicial, el recién llegado-!? Sólo por ser el primogénito creías que podías hacer lo que te diera la gana; que podías infligir a todas las criaturas todo el dolor que quisieras; que podías matarlas después de sufrimientos atroces. Te pedí que te comportaras, y me ignoraste; sólo por eso te planté cara. Y, si no hubiera sido por ese traidor de Gabriel, haría ya mucho que no estarías en el trono; y el mundo no sería una mierda.

En vez de escucharme, continuaste con tus atrocidades; y, después de que me derrotaras, me enviaste a aquel lugar inmundo; y, no contento con ello, lanzaste contra mí una burda campaña de difamaciones y calumnias; y hasta osaste caracterizarme como un ser deforme y monstruoso. Un sistema diabólico que nuestra creación creyó con su gran ignorancia, y que ahora aplica con suma religiosidad. ¡Y en tus edictos eres tan canalla que me culpas de todos los males que les ocasionas! ¡¿Se puede ser más cínico y más cretino!?

-Tú habrías hecho lo mismo.

-¡¿Pero qué coño te has creído!? ¡¿Que yo soy tan hijo de puta como tú!? Cuando me sublevé fue porque soy todo lo contrario.

En su mirar fijo y concentrado se revelaba la rabia acumulada.

-Pero eso ha terminado. Hoy acaba tu reinado y empieza de nuevo la historia.

-¿Y puedes decirme cómo va a ocurrir eso?

Respondió el hombre desnudo, tratando de recuperar el control, con una mirada de desafío.

-Hace dos millones de años me venciste debido a una traición. Hoy el cabecilla de aquella delación ya no está; y no tienes a nadie más que te apoye. Estamos solos tú y yo. A las puertas de palacio hay unos amigos que nos acompañarán a dar un paseo; pero ahora prefería pasar a solas unos minutos contigo. Comprenderás que ha pasado mucho tiempo; que tenemos muchas cosas que contarnos.

Ahora era el visitante quien había recuperado su aplomo. Era resuelto, firme en sus palabras; y se mostraba dominante de la situación.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

19/08/2019.

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