UNA NUEVA ETAPA (CCCLVI)

Pasamos por delante de varias tabernas sin decidirnos a entrar en ninguna. Gabi y Raquel observaban aquello boquiabiertos, impresionados. Era como seguir en nuestro país; cientos de personas que gritaban y bebían con la estupidez y la inconsciencia propias de nuestra tierra, como si no hubiera habido una guerra que hubiera destruido su patria y no hubiera trastocado para siempre el mundo que habíamos conocido; como si no hubieran muerto sus seres queridos y no se hubieran visto tan obligados como nosotros a emigrar para esquivar la catástrofe. Acaso todo fuera una máscara, como era de esperar; acaso el alcohol se había convertido en su único remedio; en ese aliado que les permitía soportar la vida a fuerza de negarla y matarla; a fuerza de olvidar por unos instantes su suerte para vivir una fantasía, al despertar de la cual volverían a caer en la terrible desazón de la realidad. El amanecer traería consigo la congoja de la verdad; y sólo la noche y el posterior sueño les aportarían un triste consuelo. Me preguntaba si algún día caería sobre nosotros ese ciclo de autodestrucción.

Con ser su patria, Hanna miraba a todos lados tan sorprendida como nosotros. Se notaba que era la primera vez que se aventuraba por aquel barrio. Me preguntaba qué pensaría sobre aquellas gentes tan distintas a ella; tan extrañas a la entereza alemana, entregadas a los placeres más bajos; qué sentiría al escuchar aquel idioma que le era tan desconocido. Creí percibir en su semblante un gesto de temor. Y yo, la que menos había descansado, me preguntaba cómo iba a aguantar aquello. Habíamos andado mucho; aún faltaba la vuelta. Ese trayecto podía realizarlo sin problemas en condiciones normales, pero no sintiéndome tan agotada; y aún menos si bebíamos alcohol.

Finalmente entramos en un bar de mala muerte que me recordó al de Moustache. Lo llevaba una mujer rechoncha que nos atendió con la cordialidad que suele dispensarse a los compatriotas que se han visto obligados a exiliarse y han caído en el infortunio; aunque a Hanna la miraba con desconfianza. En cuanto se alejó abordé a mi amiga:

-¿Estás bien? ¿Por qué te ha mirado así?

-Ya os lo he dicho. Aquí la extranjera soy yo. No me esperaba un trato tan frío, pero lo entiendo, porque me culpan por lo que les ha hecho mi país, del mismo modo que culpan a todos los alemanes.

Entonces entendí mejor lo que sucedía.

El bar, con sus luces bajas y los gritos desaforados de la clientela, ofrecía un aspecto espantoso. Hubo un momento en que temí por mi amiga. Los de mi tierra siempre hemos tenido fama de dóciles; pero nunca se sabe cómo puede reaccionar una persona desinhibida, cuando se desatan sus instintos naturales; y menos aún cómo puede hacerlo un grupo de cuarenta o cincuenta personas. Pueden convertirse en una manada de lobos, azuzados por el resentimiento; pueden buscar una víctima, la más indefensa, para saciar su hambre; y lo que empieza como una burla inocente puede desencadenarse en una tragedt.

Decidí cortar aquello de raíz. En cuanto la camarera regresó, le dije:

-Perdona. ¿Tienes algún problema con nuestra amiga? Si estamos aquí es gracias a ella. Ella nos ayudó a venir a Alemania; y ella nos trajo a este barrio para que nos sintiéramos como en casa.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

27/08/2019.

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