UNA NUEVA ETAPA (CCCLVIII)

-Está bien; comprendo lo que me dices. Tienes razón. Perdona -dijo, cambiando al inglés y dirigiéndose a Hanna-. Lamento haber sido tan desagradable contigo. ¿Te apetece tomar algo?

-Gracias por tus disculpas. Tomaré lo mismo que ellos. ¿Tienes cerveza alemana?

-Sí. Se vende poco, porque por este barrio vienen pocos alemanes; pero algo tengo. ¿Cuál quieres?

-¿Tienes Gerwisser?

-Sí.

-Sácanos cuatro botes, por favor.

En cuanto la camarera se alejó, ya sin que nos pudiera oír, Hanna cambió el tono; sonrió y se le iluminó el rostro.

-¡Tía, has estado genial! ¡No sé lo que le has dicho, porque no he entendido una mierda -dijo, estallando en una carcajada de alegría-! ¡Pero, por la cara con que la mirabas y tú tono de voz, se notaba que estabas dándole un buen discurso; y que tienes que haberla acojonado. No esperaba que se disculpara y me hablara en ese tono tan suave.

-No hice nada. Sólo le expliqué que estaba equivocada; que no era contigo con quien tenía que pagar; y que la Gran Coalición habría hecho lo mismo de haber vencido.

La camarera trajo el bocadillo y las cuatro cervezas.

-¿Y para qué tantas cervezas?

-¿No creerás que me las voy a beber todas yo sola? Lo que has hecho ha sido algo fabuloso; hay que celebrarlo.

-Cariño, no exageres; sólo le dije unas palabras.

-¿Sólo? Fue suficiente para que su actitud conmigo cambiara. Dejadme que os invite al menos a las cervezas. Estoy segura de que en vuestra tierra no tenéis cerveza como ésta; probadla.

Agradecidos por la invitación, dejamos a un lado nuestras bebidas y abrimos las botellas. Aquella cerveza era diferente; algo que nunca antes había probado; un sabor mucho más intenso, más ardiente. ¿Cómo describir el sabor de una cerveza? No es como hablar de un beso, de unos labios. Pero creo que en algo se parecen. En ambos casos te embriagas y te sientes levitar, transportarte a otro mundo, como si ya no tuvieras los pies sobre la tierra. Pero no es lo mismo, por supuesto. Cuando besas a alguien y ese alguien te besa, el contacto de los labios, de las lenguas, de la saliva, hace que se te erice la piel; que empieces a excitarte y pierdas el control. En el caso del alcohol es un cosquilleo en la garganta, que a veces puede llegar a quemar. Y, después, se te nublan los sentidos. Un beso combinado con aquella cerveza habría sido una mezcla explosiva; una mezcla perfecta.

-¡Ye, tía! ¡¿Qué es esto!? ¡¿Qué nos has dado!?

-¿Te gusta -respondió, con una sonrisa-?

-Sí. Está buenísima; pero un poco fuerte. ¿Cuántos grados tiene?

-Quince -dijo, con su expresión de triunfo-.

-¡¿Quince!? ¡Hanna, tía! ¡Que esta noche no he dormido! Si me tomo esto, me quedaré sopa; tendréis que llevarme a casa a rastras. ¡Y aún suerte si no acabo montando algún numerito!

-Cariño, relájate y disfruta. Habéis acabado de llegar. Relájate; come y bebe. Ya veremos si dormimos en casa o en la calle.

-Pero olvidas que ya no somos unos niños; y que no estamos de vacaciones. Estamos sin blanca; sólo tenemos unos pocos krups. Nos urge trabajar.

-Tranquila, Laura, cariño. Tenemos comida suficiente para los cuatro para un mes. Esta noche toca pasarlo bien y descansar. Pasado mañana me acompañaréis al bufete de abogados; ahí os darán trabajo. Estamos desbordados. Y quién sabe. Es posible que nos crucemos con alguno de estos desgraciados. Y también os ira bien aprender algo de alemán. Pero ahora quiero ver cómo te bebes esa cerveza.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

05/09/2019.

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