UNA NUEVA ETAPA (CCCLIX)

No recuerdo apenas nada de lo que sucedió a lo largo del resto de la noche todo lo que tengo son nociones derivadas de las cosas que me contaron posteriormente mis seres queridos, ya por la mañana, casi tarde del día siguiente, cuando desperté en la cama donde había descansado durante unos minutos la jornada anterior. Estaba mareada, con resaca; Gabi, Raquel y Hanna me rodeaban y me miraban con una sonrisa burlesca. Me sentí indefensa y algo avergonzada. La resaca de caballo era la prueba ineluctable de que me había sometido a la voluntad de Hanna y me había emborrachado con aquella bomba de alcohol.

-Buenos días, dormilona. ¿Cómo te encuentras -me preguntó Gabi-?

-Fatal; no puedo ni levantarme. La cabeza me da vueltas.

-No me extraña -respondió Hanna-. Anoche te portaste muy bien; fuiste una niña muy formal y obediente. Te lo tomaste todo.

-¿Y vosotros estáis acostumbrados? ¿No os afecta?

-Nos afecta, pero no tanto como a ti. Aunque claro, también es cierto que anoche te tomaste tres cervezas. Toda la fiesta me costó 30 krups, pero valió la pena; creo que es el mejor dinero que he invertido en mi vida.

-¡¿Me tomé tres cervezas!?

-Y eso que al principio no querías. Fuiste tú misma quien las pidió.

-¿Y cómo me dejasteis? Ahora estoy muerta, apesto a cerveza; y mañana tenemos que ir al bufete -protesté, con la voz cansada y casi sin fuerzas. Los mechones se me alborotaban en la cara y me nublaban la poca vista que tenía con los ojos entrecerrados. Notaba la ropa sudada y pegajosa, adherida al cuerpo. Alguien me había quitado el sujetador y me había desabrochado los pantalones.

-Pensamos en hacerlo -terció Raquel-, pero nos faltó el valor. Estabas demasiado graciosa pegando gritos. Dijiste que era la mejor cerveza que habías tomado en tu vida; que se notaba que los alemanes eran un pueblo inteligente por haber creado esa clase de brebaje; y que se merecían, no sólo dominar Europa, sino el mundo.

-¡Oh! ¡Qué ridículo! ¡Podríais haberme grabado -objeté, tratando de recuperar el buen humor-.

-Tranquila; Hanna lo hizo -repuso Gabi-. Cuando te encuentres mejor y consigas incorporarte veremos el vídeo para que te rías. Creo que no salimos de ahí a hostias porque, estabas tan graciosa, que nadie se atrevía a tocarnos un pelo. Creo que varias personas te grabaron. Parecías un sátiro de los políticos alemanes, elogiando las bondades y excelencias de su cerveza. La pobre camarera a la que pusiste en su sitio, al principio indignada con la grosería con la que le exigías la segunda cerveza, acabó divirtiéndose tanto contigo, que te invitó a la tercera; te la llevó sin pedirle nada.

-¡Será cabrona! ¡Lo hizo para vengarse; seguro!

-No creo -contestó Gabi-. No tiene malicia, a pesar de cómo se portó al principio. Se llama Marta; estudió educación infantil, y vive aquí desde hace cinco meses en un piso compartido con tres amigos. Nos lo contó después de darte el tercer botellín y de sentarse a nuestro lado para escucharte y ver lo que hacías. Terminó haciéndose buena amiga de Hanna.

-¡Joder! ¡Menudo cambio!

-Como el tuyo, cariño -dijo ésta-. Al principio no querías tomarte ni un botellín; y luego te lanzaste al cuello de Marta para darle las gracias y la besaste en la boca; ella te apartaba muerta de risa y tú volvías a abrazarla y le decías cuánto la querías.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

08/09/2019.

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