UNA NUEVA ETAPA (CCCLX)

-¡Joder! ¡Si no la conozco de nada!

-Pero le estabas muy agradecida por la cerveza; y se lo demostraste. Aquello fue amor a primera vista.

-Y no sólo eso -intervino Raquel-. Luego cantaste.

-¡¿Qué!? ¡Joder! ¡Espero que esté grabado todo! ¡No quiero perderme nada!

Me encontraba aturdida, pero poco a poco iba recuperándome. Aquella historia me iba divirtiendo también a mí. Mi actitud ante los presentes había sido patética; y no podía evitar avergonzarme al pensar en lo que había hecho. Pero lo curioso era que no me arrepentía de nada; y que, más bien, sentía vivas ganas por ver las imágenes de aquel espectáculo. Al fin y al cabo, los presentes eran todos desconocidos; no me afectaba lo que pudieran llegar a pensar de mí.

-Cogiste uno de los botellines a modo de micrófono y te pusiste a entonar el Te quiero de Nino Bravo.

-¡¿Eso hice!? ¡Joder! ¡Menuda cursilería!

-Después cantaste otra. No entendí nada -agregó Hanna-; pero se te oía muy entusiasmada. Decías algo así como Ya no puedo más.

-¡Hostia! ¡¿Canté Camilo Sesto!?

-¡Eso es! El público empezó a cantar a coro, como si fuera un karaoke. Te convertiste en una estrella. De hecho, creo que es mejor que aparquemos la idea del bufete y te dediques a la música. Nosotros seríamos tus representantes.

-Muy graciosa.

¿Y después qué? ¿Me quité el sujetador y se lo tiré a alguien?

-No. Después te desmayaste. El sujetador te lo quité yo al llegar a casa -respondió Gabi-.

-¿Y me habéis traído hasta aquí a rastras?

-Ni modo -contestó Raquel-. Antes nos habríamos quedado a dormir al raso. Eran las 4 de la madrugada; apenas quedaban dos horas para que amaneciera. Si llegamos a cargar contigo, habríamos llegado con las primeras luces. Fue Marta quien se ofreció a traernos en su Volkswagen.

-¡Joder con vuestra nueva amiga!

-Y tuya, cariño -respondió Hanna-con picardía-. La abrazaste muy tiernamente y le besaste con mucha pasión. Todos te oímos declararle tu amor.

Enrojecí al oír aquello; y más por la persona que me lo decía. Sabía cuánto deseaba que esas palabras se las hubiera dedicado a ella; pero, además, creo que en mi subconsciente era en ella en quien pensaba cuando me declaré a la camarera. Y Gabi, tan tierno, no daba muestras de sentirse ofendido; lo consideraba todo como normal; acaso como efecto del alcohol.

-¿Y mantuvo el bar abierto hasta las 4?

-¿Qué iba a hacer? No iba a cerrar así como así, privando al público del espectáculo -dijo Gabi-. Además, gracias a ti se disparó la venta de Gerwisser; tanto, que la gente acabó con las existencias. Anoche Marta se lo pasó muy bien e hizo una buena caja. Al cerrar era lógico que estuviera cansada; pero quiso hacernos el favor de acercarnos. Le prometimos que regresaríamos a su bar.

-Pero esta noche no, por favor. En todo caso, el fin de semana. Para mañana necesito estar compuesta.

-En el coche dabas unos ronquidos impresionantes. balbuceabas las canciones y decías algunas palabras incomprensibles; y me llenaste de babas el hombro de la camisa -prosiguió Gabi-. Lástima que de eso ya no tengamos vídeo; pero te grabé un audio.

-Está bien. Creo que ya me encuentro mejor. Enseñádmelo; quiero reírme un poco.

-Aún no, cariño -matizó Hanna-. Es mejor que antes comas algo. Además, estamos haciendo un esfuerzo por estar contigo; necesitas una ducha.

-Culpa tuya -dije, riendo-. Si no me hubieras hecho tomar la primera cerveza, nada de esto habría pasado.

Me fui a la ducha y me despojé de la ropa perezosa y pensativa, tratando de imaginar todo lo que me habían contado.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

09/09/2019.

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