UNA NUEVA ETAPA (CCCLXI)

Aquella tarde pude relajarme de verdad por primera vez en mucho tiempo, sentada en el sofá junto a mis amigas y mi novio y riéndome de mí misma; de ese lado salvaje que el contacto con las personas me había acostumbrado a dejar oculto; pero que, estimulado por los vapores del alcohol, salía a la superficie. Ahí era yo misma en todo mi esplendor, olvidada de los prejuicios sociales, exponiéndome al rechazo de los presentes; a la agresión, incluso, por proferir ideas tan contrarias a su pensamiento; y que, inconsciente de mi peligro, había eludido el castigo por la inocencia que se me suponía por estar borracha; algo que en ciertos casos, como el referido, se tiene como un motivo de camaradería; como algo que invita al optimismo y contagia la alegría de la persona que ha caído bajo el encanto de Dionisos.

Entonces, mientras me veía en la pequeña pantalla del móvil hablar con ese tono gangoso y dubitativo, sin encontrar las palabras ni tener la fuerza suficiente para vocalizarlas; cuando hacía ingentes esfuerzos por hablar en alemán; cuando me balanceaba de un lado a otro mientras cantaba y describía ángulos de 45 grados, recordaba con nostalgia mis años de instituto, cuando había empezado mis andanzas por el mundo del alcohol y había cometido mis primeras locuras; cuando perdí la virginidad en una noche mágica. ¿Cuánto había pasado desde aquello? ¿20 años? No; menos. 15. Muy poco; y, sin embargo, ¡Me parecía tanto! ¡Había cambiado tanto el mundo! ¡Había cambiado tanto mi vida!

Ahí sentada noté el peso de la nostalgia, alimentada por la incesante lluvia que caía. Era una gran diferencia con mi tierra, donde los días eran tórridos. En Alemania, raros eran los días en que hacía calor; ahí eran frecuentes las lluvias y las temperaturas bajas. Y eso hacía que en mí se diera ese extraño sentimiento, donde la tristeza y la añoranza se mezclaban con las risas. Creo que nadie se dio cuenta de aquello; todos mirábamos con atención el celular. Y, aunque hubiera sido así, creo que habría eludido el tema; no quería romper el buen ambiente.

-¡Será cabrona! ¡Me desmayo y entonces pide un aplauso para mí -exclamé, sin dejar de reír-!

-Es normal; había acabado la función -respondió Gabi.

-No llegaste a hablar en alemán, pero casi te sale el acento -dijo Raquel en tono jocoso.

-¡No me jodas! ¡Si he de tomar tres de ésas para tener acento alemán, cada vez que vaya a un lugar me pondré contenta! Y acabaré con una cirrosis de campeonato.

-¡Ya os vale -protestó Hanna-! ¡Los alemanes no hablamos así!

-Claro que sí. A ver, cariño, di Ich liebe dich.

La mirada que le lancé, llena de complicidad y coquetería, revelaba que yo sería la primera en traicionar el mandato que le había dado de que no me tentara. De entre las posibles frases, la que se me ocurrió fue precisamente ésa; y le clavé la mirada para escuchar la pasión con que me lo decía.

Aún a día de hoy no acierto a comprender que Gabi y Raquel no vieran nada raro en todo aquello. Cometí una locura, agravada por la voz sensual con que me respondió mi amiga; pero ahí parecía que no había nadie más que nosotras. Nosotras, rodeadas por un cielo tenebroso, con el ruido de fondo de la lluvia y los relámpagos que iluminaban el firmamento. Faltó poco para que olvidáramos que no estábamos solas y se cruzaran nuestros labios.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

11/09/2019.

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