UNA NUEVA ETAPA (CCCLXII)

Al día siguiente, tal como teníamos previsto, acompañamos a Hanna al bufet. Estaba muy cerca de su casa; sólo teníamos que caminar unos quinientos metros y torcer a una ancha avenida, conocida como Bismark Strasse. Ahí, en la misma esquina, se podía observar un letrero que había en la pared del edificio, a la altura de lo que sería el primer piso. En caracteres blancos sobre fondo rojo podía leerse Answälte Fichte und Mitarbeiter.

Subimos a un amplio ascensor, como los de los hoteles de lujo, y llegamos al vestíbulo. Detrás de una robusta puerta de caoba hallamos un espacio dividido en múltiples habitaciones, de las cuales salían hombres y mujeres vestidos con la indumentaria oficial: pantalones grises y camisa blanca con corbata verde. Ellos, algunos con el pelo hacia atrás; otros, con la raya en medio. En cuanto a ellas, la mayoría tenía el pelo recogido en un moño, por comodidad y acaso también por formalismo; sólo algunas se atrevían a lucirlo suelto. Iban cargados con voluminosos informes; o los solicitaban a los encargados de secretaría, que habitaban un cuarto aislado al fondo. Los abogados a veces salían de sus despachos acompañados por clientes; les sonreían y les hablaban en tono amistoso, a veces incluso en las lenguas de ellos, y trataban de infundirles esperanzas. Se me hizo cómico oír a un alemán hablar en mi idioma.

Lo que más me sorprendió fue reconocer algunas caras entre aquellos pobres desgraciados que acudían en busca de ayuda. Los había visto hacía muy poco, menos de 48 horas; y esas personas me habían visto a mí y se habían reído de mis extravagancias. Creo que no repararon en mi presencia; ya estaban demasiado preocupados como para pensar en nada más. Me habría gustado ver su cara de asombro si de repente hubieran descubierto que aquella mujer tan alocada que conocieron hacía como día y medio era abogada y podía llevar precisamente su caso.

Hanna nos condujo a un despacho que había junto a la secretaría; en la puerta había un letrero que decía Angela Fichte. Mi amiga llamó y nos presentó a una mujer de cierta edad, quizá unos cincuenta años; tenía el cabello liso, de un rubio pálido, que le caía delicadamente por sus mejillas apergaminadas. Usaba lentes redondas y eximaba con atención unos papeles que tenía en el escritorio cuando levantó la mirada para fijarla en Hanna.

-Buenos días, Angela. Éstos son los amigos de que te hablé; ellos podrían ayudarnos para disminuir la carga de trabajo; siquiera como intérpretes.

La mujer echó la cabeza hacia adelante, al tiempo que con la zurda empujaba hacia arriba el puente de las gafas, sin por ello soltar la pluma, para observarnos mejor.

-¿Los conoces a los tres? ¿Son de tu confianza?

-Sólo la conozco a ella -dijo, señalándome-, pero es la garantía de sus amigos. Se llama Laura; doy buena cuenta de la firmeza de su carácter. Estuvimos juntas en Kenia; fue ella quien me apoyó en todo momento y la que se negó a matar a Narayan. Desafió a las dos arpías.

Ahora la mujer me miraba con atención. Habría querido saber lo que pensaba, pero su rostro era impasible; no permitía traslucir ninguna impresión.

-Está bien -dijo al cabo de unos segundos-. Si puedes alojarlos en tu despacho, aunque sea de manera provisional, pueden quedarse. Trataremos de habilitarles alguna habitación. Por lo demás, creo que podrías pasarles algunos expedientes de los que vinieron esta mañana.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

12/09/2019.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s