UNA NUEVA ETAPA (CCCLIII)

Cargamos con los expedientes y fuimos al despacho de Hanna, para lo cual tuvimos que salir de la planta donde estábamos y acceder al piso superior. Y ahí nos encontramos con el mismo panorama: un amplio espacio habitado por gente trajeada que portaba voluminosos informes y personas cuyo semblante serio y alicaído reflejaba la honda preocupación que les aquejaba. Me impresionó semejante caterva de abogados. Siempre los había detestado. Los consideraba unos vampiros, unos chupasangre; una de las peores y más temibles degeneraciones del ser humano; una alimaña capaz de mentir y embaucar a toda costa, sin importarle la vida de los demás; dejar en la calle o en la miseria a pobres desgraciados. Verlos me provocaba urticaria. Incluso cuando me aventuré en aquella carrera, nunca pensé que acabaría ahí; siempre tuve la esperanza de ser criminóloga y perseguir a asesinos seriales.

-¿Esto también pertenece al bufete? -pregunté.

-Los Fichte son una familia de mucho prestigio; son los abogados más influyentes del país. Cuando acabó la Guerra disponían de toda la primera planta. El final del conflicto les reportó pingües beneficios; nos quedamos atestados. Pasado mes, llegamos a la conclusión de que nos convenía ampliar el negocio. Lanzamos una oferta muy generosa a los propietarios de las viviendas; nos sobraba el dinero; y lo que invirtiéramos, además, lo recuperaríamos con creces en poco tiempo.

-Ya veo.

Imagino que la mujer que hemos visto es uno de los hermanos.

-Sí. Fundó el negocio hace veinte años junto a su hermano Helmut. Él falleció el año pasado a consecuencia de problemas renales; sólo queda ella. Pero prefiere mantener el nombre original en recuerdo a él. La junta directiva es paritaria; cinco mujeres y cinco hombres; yo formo parte de la misma, a pesar del poco tiempo que llevo aquí, debido a las estrechas relaciones que siempre han tenido mis padres con la familia Fichte. En caso de empate, la presidenta tiene la última palabra.

Hanna nos condujo a su despacho. Era una sala como la de la presidenta, con las paredes decoradas por un entablado de color gris y con suelo de parquet. Había una mesa grande de color blanco, detrás de la cual pendía, en la pared, el título académico de mi amiga. En una esquina, una estantería atesoraba gruesos manuales universitarios.

-Los cuatro estaremos un poco justos, pero ya habéis oído a Angela; esto es provisional.

-No, si… Oírla, la hemos oído. No la hemos entendido, pero la hemos oído -puntualizó Gabi.

-Tienes que sacar el alemán que hay en ti, como hizo tu novia la otra noche. Te irían bien tres Gerwisser –respondió Hanna, divertida.

-Gracias, pero yo no sé cantar.

-Bueno… Pues de momento tenemos que acomodarnos todos aquí, aunque sea por una semana. También dos de vosotros podrían quedarse en casa; creo que ahí trabajaríais mejor. Al fin y al cabo, los clientes no vienen a diario; analizar los casos requiere tiempo; y para que vengan se les da cita previa. Lo único fundamental es que yo venga, porque tengo un cargo de cierta relevancia y llevo más tiempo en esto; pero vosotros estáis por mí. Si por casualidad se precisara vuestra presencia, os avisaría; y creo que podríais llegar sin problemas.

-Sí; es un recorrido simple -confirmó Raquel-. Si os parece bien, Gabi y yo podemos quedarnos en casa. Además, así podréis hablar de vosotras con tranquilidad.

Aquello de me hizo aún más extraño; era como una encerrona. Durante una semana encerrada con Hanna en su despacho. Pero mi gran duda era si Raquel, más que pretender que pasara tiempo con mi amiga, pretendía tener intimidad con Gabi.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

15/09/2019.

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